lunes, 20 de abril de 2026

RUTAS

 Acabo de llegar de un paseo de 222.000 kms. alrededor de nuestro mundo.

He recorrido incontables caminos, sobre la tierra, a través del aire o del mar.


He viajado en autos, micros, camiones, carretas, autobuses, camionetas, casitas rodantes, carritos, motos, triciclos, jeeps, rickshaws, becaks, bicicletas, guaguas, en caballos o en mulas, y obviamente, mucho más a pie.



En trenes, sentada o colgada, en aviones, avionetas, un globo aerostático, tirolesas y hasta un helicóptero.

En barcos, botes, piraguas, balsas, ferrys e increíblemente, también en un submarino!

Me dejé llevar en todos mis sueños, abrazada por los deseos, la curiosidad, el aliento, la confianza, y algo bastante de inconsciencia. Ningún miedo a bordo! Solo el andar…

Conocí pavimentos de materiales imprevistos, con rayas blancas, amarillas, continuas o a guiones, guardaraids metálicos, de palitos, de trapos o de abismos. Carteles indicadores con símbolos irreconocibles, letras de otros alfabetos o dibujos de animales sueltos nuevos para mi.

Pisé tierras de diversos colores, durezas y texturas. Secas, floridas, con yuyos o con barros imposibles de atravesar, con piedras, barricadas, baches tan hondos como la desesperación, o escaleras al cielo como la de Pink Floyd.

Me embelesé con árboles que salí a buscar y con muchos otros admirables que brotaban a mi encuentro.

Planté cientos de especies exóticas en paisajes lejanos junto a gente de manos maravillosas.

Repteé por huellas boscosas cual caracol con mi casita a cuestas, o siguiendo rastros de mamíferos entre arbustos sin fin. A veces pequeña como una hormiguita en su hilera, y más veces aún, henchida de gozo cual elefante saltando en la hierba.

Dejé mis propias pisadas en las arenas de tantas playas turquesas, y bañé mi cuerpo en cinco océanos.

Trepé montañas pasando por valles prístinos y praderas primorosas. Anochecí frente a volcanes en ebullición y mares de lava negra o de dorado azufre. Toqué las nieves del Kilimanjaro y las de los Himalayas. Ascendí a glaciares en islas remotas para helarme en sus surcos de copos níveos.

Buceé entre corales abriendo hendiduras en lo profundo de los arrecifes, rodeada de peces multicolores, mantarayas, tortugas, esponjas, medusas lilas, algas translúcidas, ostras y bivalvos etéreos por doquier.

Hilvané estrellas de mar dormidas bajo las aguas transparentes, como siguiendo las migas de Hansel y Grettel en un cuento fantástico.

Surqué las alturas por rutas invisibles, como las de las golondrinas o las mariposas en sus éxodos.

Volé los vientos de las sabanas, jugué en los remolinos de los ríos, en las caídas de cascadas, descansé en la quietud de los lagos y me deslicé con las cálidas corrientes marinas.

Atravesé puentes colgantes, túneles como gusanos, pasadizos de miedo y curioseé en minas oscuras, riquísimas en minerales y aromas.

Me mareé zigzagueando serpentinas en carreteras por cerros tan ocultos como mágicos para llegar a templos olvidados o ruinas eternas.

Amanecí en países con otras lenguas, otros códigos, otros rostros.

Degusté sabores nuevos, bebí la savia de nuevos continentes, palpé pieles de cacao y miel, y abracé corazones en el inmortal idioma del amor y las sonrisas.

Presencié rituales insospechados, actos ceremoniales religiosos y bodas, aunque también inconcebibles censuras al bendito arte del besar.

Escuché silencios entre el murmullo de la naturaleza, y bullicios despreciables en las grandes ciudades.

Bailé con ritmos de nuevas cadencias y músicas de otras frecuencias, sorprendida del sonido de instrumentos nunca antes vistos.

Gocé escenarios de bellezas inconmesurables, aunque también la pobreza, el hambre, la ignorancia, y el dolor a niveles inimaginables. He visto la codicia, la avaricia, la prepotencia y el maltrato a la Madre Tierra junto el desdén por tantos humanos cuasi invisibles así como a los seres vivos de los otros tres reinos; pero también reconocí el esfuerzo, la dedicación, la perseverancia y el amor de quienes trabajan por un mundo mejor, callada y humildemente, con o sin apoyos, pero haciéndolo de la única manera posible, con el corazón.

Reí con niñitas de ojos rasgados, me disfracé con el Hombre Araña en miniatura, regalé una pelota firmada a aquellos que jamás tuvieron una verdadera de cuero, entregué un libro de cuentos de una autora amiga, y lloré de emoción en atardeceres sagrados, o de soledad, en rincones escondidos.

Seguí los rayos del sol tiñéndome de felicidad y aparté algunas nubes indecentes para mi alma aventurera.

También hubo algunos moretones simbólicos: me caí desde cuatro metros de altura y resucité, me mordió un cangrejo y aprendí “La Gran Lección”, me tragué una pared de vidrio y mi ojo mutó en rojo por unos días, ahogué sin querer una Nikkon y recibí a cambio una más pequeña y práctica; en algún momento, mi Notebook se enloqueció y me abandonó, entonces debí juntar palabras en una nueva, con su consiguiente costo fuera de programa; y finalmente me intoxiqué en donde el hambre es el dolor de cada día. Como las tormentas, esto también ya pasó.

Cada conductor de los cientos de transportes que tomé, cada piloto, cada capitán o simple botero, guarda de tren o colector de tickets y pasajes, cada constructor de rutas, desde el que abrió caminos a machetes o se jugó la vida en rieles infinitos o los que aplastaron kilómetros de parches de bituminoso alquitrán en carreteras como cintas de regalo, el que atornilló barandas, o cavó postes, o cuidó desde la garita de guardabarrera o desde la torre de control de un aeropuerto. Quién ató cabos en un puerto o sirvió el menú en un vuelo. Aquellos que llenan los tanques desde los surtidores, limpian los vidrios, los baños o arreglan luces y caños. Los de ahora y los de desde hace siglos… Cada uno de ellos, anónimos y necesarios, hicieron su parte esencial en de mi cruzada. A todos ellos, mi eterna gratitud!

Además conocí artistas increíbles en las latitudes recién descubiertas; arquitectos geniales de obras monumentales, pintores, escultores, músicos, magos, danzarines, el fotógrafo “al paso” que retrató mi ensoñación peremne, el casi mendigo tocando en su violín “No llores por mi Argentina” la noche del cambio de año, amigos nuevos festejándome con torta casera con sesenta y siete velitas; familias desconocidas cobijándome en Navidad, o brindando con champagne francés el último día en el último istmo. Tantos que me albergaron sin preguntar demasiado, aunque compartiendo alegrías mutuas. Miles de Ángeles del camino camuflados de choferes, alzándome en las rutas para llevarme a nuevos destinos, cada uno con su nombre y apellido datado en mi cuaderno de viajes. Gente que me ha alojado porque sí, la gran tribu de los coachsurfers -monumentos a la generosidad!-. La guía tibetana y mis dos guardaespaldas buthaneses. El conductor del safarí armándome la carpa y calmando mis dudas. Los Médicos Sin Fronteras que me atendieron cual milagro y prodigio del mate argentino. La médica hindú que me salvó del agobio de la infección en mis riñones. Mis siempre amigas anfitrionas del viejo continente, abriéndome sin límites las puertas de sus hogares. Los jóvenes que me adulaban aquí y allá -caricias aparte para mi ego- por darles ánimo y ejemplo para sus futuras vejeces libres y vigorosas. Los voluntarios a sacarnos fotos mutuamente en cada sitio memorable, -despreciando las egoístas selfies- eligiendo acompañar nuestros favores con el infalible: “Where´re you from?” que siempre abre horizontes al más allá…

Cada uno y cada cual, gloriosos personajes, cumpliendo con sus vidas cotidianas, dispuestos y disponibles, para cuando yo pasara por allí.

Agradecí cada instante, cada suspiro, cada latido, cada mirada...

A veces, añoré mi hogar, mis hijos, mis afectos, mi idioma, mis chistes, mi almohada, mi jardín, o mi taza blanca con guirnalda naif.

Confieso que he recorrido… mucho, muchísimo más de lo pretendido.

Recuerdo cada paso, y aún no me lo termino de creer.

Aún no quiero pisar el suelo…

Aunque la vida, de a poco, te baja de las nubes sin permiso ni decoro.

No quise cerrar este viaje sin transitar por el camino más difícil, el menos buscado, el más temido, el más postergado: mi camino interior.

Me sumergí en el total silencio de diez días en un retiro Vippassana, con la absoluta ignorancia de una inocente.

Rastreé historias viejas, pregunté por futuras, pretendí consejos, indagué incertidumbres, aguardé, busqué, pataleé, me desanimé, me esforcé, confié, conjugué por primera vez el verbo “aburrirse”, retomé, me acallé, aprendí, intenté, me calmé, desaceleré, descubrí, colmé mi lista de propósitos y planes, tomé decisiones, rogué por determinaciones, taché improbables, rectifiqué caminos, asumí curvas, bajadas y ascensos, me estacioné a esperar, a ver señales, a dejarme iluminar, a dejarme llevar…

Y así, con el alma colmada de gozo y agradecimiento, de la mano de la Vida, vuelvo al aquí y ahora, a donde siempre pertenezco. En donde siempre quiero estar!



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