domingo, 20 de abril de 2025

Barca

 A la mañana siguiente ya repuesta, y a sabiendas que a las 8,30 sale la barca que recorre el río Mekong con rumbo a Luang Palang, decido emprender el viaje de dos días.


La idea de reposar en calma, lentamente, fluyendo en el agua calma de este mítico río, me atraía como un imán. También estaba la posibilidad de dirigirme a esa ciudad en el bus nocturno, pero a sabiendas el estado de las rutas laosianas, preferí el agua.

Lo que nadie me dijo es que la barca va más que super poblada de gente (turistas en el 98%! de los casos) que viajan de pie o sentados en el suelo, comiendo y chupando cervezas desde las nueve de la mañana, a los gritos riéndose de tonterías, cual micro de egresados en viaje a Bariloche. INSUFRIBLES!!!!

Esta vez puse cara de vieja malhumorada y me mantuve en mi asiento cual “cono del silencio”. Aunque mi método no resultaba nada efectivo ya que a cada rato te pedían mover las rodillas para pasar de un extremo al otro, te fumaban en la cara, y la música rap de sus auriculares se escuchaba desde la China. Nadie de autoridad para poner orden, mucho menos para pedirles silencio.



Ellos suben a bordo con cajas y cajas de botellas de cervezas y otros alcoholicos efervescentes, bolsas infinitas de chizitos y papas fritas, y todas sus hormonas dispuestas en los escotes y shortcitos mínimos, inescrupulosos de las tradiciones budistas de la región. Una desconsideración a las mujeres lugareñas que portan faldas largas y camisas donde envuelven a sus crías mamarias en ponchos de telares rústicos. Ellas apenas llevan una bolsita mínima de mandarinas, y una cesta con el pegotoso arroz blanco para sus niños.



Los unos usan borcegos NorthFace y ellas apenas ojotas chatitas. Los turistas con gorras de casquete con marcas reconocibles en la visera. Las locales apenas cubren sus pieles gastadas con trapos o sombreros de paja achatados. Los unos no sueltan ni dejan de mirar sus celulares, ellas solo miran el infinito del cielo, mientras las horas pasan en el ronronear de los motores y las olitas marrones golpeando la popa.

El aire fresco nos deleita a todos.

Cada tanto, la barca se acerca a una orilla para que desciendan algunos pasajeros, obvio solo los locales lo hacen en estos caseríos fantasmales, o dejan cajas a la vera a sabiendas que alguien (¿?) las vendrá a recoger.




La orilla es rocosa, con bancos de arena intermitentes, dando cierre a las laderas de matorrales que encierran el cauce de este río tan marrón como aburrido. Algunos pocos búfalos beben en las orillas. Algunos niñitos salidos de vaya a saber donde, saludan al ver pasar la barca, como cada día, a la misma hora, y por el mismo canal!






En un momento pasmos a la vera de un mercado, donde todos los puestitos están montados sobre el agua y bajo grandes sombrillas. Ni nos detuvimos.

Más allá, un gran Buda presidiendo el recodo desde lo alto de un montículo de yuyos crespos.

Nada más para contabilizar.

A las 16 llegamos a destino.

Digo “destino” y no digo puerto, ni nada que se le parezca.

La barca se estacionó con un lado sobre una roca escarpada, y todos debimos salir saltando desde las ventanillas sin vidrios, con nuestros bártulos a cuesta. Otra que la aventura del día anterior! Aquí sí que podías romperte un tobillo en cinco segundos.

Volví a poner cara de “señora mayor” y alcé la vista como pidiendo ayuda angelical.

Un lugareño bajó la cuesta al trote y con gesto amable, revoleó mi valija por sobre su hombro izquierdo y volvió a subir a los saltos hasta la calle que se supone existía más arriba.

Yo con calma, y mis mejores dotes de equilibrio, escalé lentamente la montante y me reencontré con mi valija.

Arriba, todos los hoteleros lugareños te esperan con fotos de sus alojamientos ofreciéndote sus ofertas para que los sigas a pie.

No quería saber más nada del tumulto imberbe que había aguantado todo el día en la barca, así que esperé a ver adónde ellos se dirigían para elegir exactamente la dirección contraria.

Y así lo hice! Resultó un hotelcito modesto pero acogedor, con habitación para mi sola y ventana con vista al río. La dueña amorosa me cobró lo mismo que si hubiera sido habitación compartida.



Tras la ducha, la compra de cervecita para relajar en el balcón de mi piso, con el rosado atardecer entre las montañas… Al fin, sola! Ja!


Mañana será otro día…

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