lunes, 21 de abril de 2025

Más río...

 Decidí quedarme un día más en este pequeñísimo pueblito de Pekbang.


Todos los turistas que hacemos la travesía en estas barcas, aludiendo que no hay nada para hacer en este lugar, apenas pasan la noche y vuelven a embarcar al día siguiente para llegar a Luang Palang por la tarde.

A mí me encantó la idea de “no hay nada”, ja! Porque me pareció que si todos se iban temprano, el pueblo quedaría cuasi deshabitado y en silencio. Dicho y hecho!



Mi balconcito se convirtió en un mirador de lujo, desde donde puedo escribir al son del río y de la brisa fresca. Unas pocas frutas son mi más excelso manjar, hasta que vuelvan a abrir los comedores al atardecer, cuando el “año de la marmota” se repita sin fin con la llegada del siguiente barco…

Aproveché para caminar en el caserío junto a unas niñitas que me siguieron curiosas, algunos viejos sentados en las puertas mirando pasar la vida con ojos vacíos, y pare de contar.



Aquí no hay autos, ni apenas carros. Las pocas motitos suplantaron a las viejas bicicletas. Ni perros sueltos, ya se deben haber muerto de hambre. Unas cuantas gallinas cruzando alambrados sin ton ni son, ignorantes de su pronta función. No hay veredas, no hay sombra, solo sofocante calor… Algunas tiendas (¿?) donde conviven en ganchos y estantes destartalados tanto elementos de ferretería o construcción, como artículos de limpieza, redes de pesca, bolsones de arroz, canastos de mimbre, remedios, botellas de bebidas inciertas, cebollas, se hacen trenzas, millones de bolsitas multicolores de snacks, venden simcards para el celular, “cofi”, bananas, cunitas para bebés, baldes de plástico, mochilas berretas, corpiños, ollas, zapatillas de goma, ventiladores, cuadernos, aspirinas, shampoo y vaya a saber cuanta chuchería toda junta como en botica! Todo casi en la calle, sin persianas ni custodias, casi que sin vendedor a la vista, ya que probablemente ande tumbado en alguna colchoneta en el fondo del local, con todo a la vista.

Así de relajado resultó este minúsculo lugar en el mundo.

Por la tarde, todo se encapotó en unos pocos minutos y un aguacero se derramó sin piedad durante un corto tiempo, el suficiente para convertir todo en barro y levantar un vapor irrespirable cuando paró.

Tras el vendaval, el sol volvió a insistir como si nada. Los niños salieron a jugar a la calle con sus jueguitos de bolitas de papel o botellitas de plástico con piolín.




Las mujeres hilan en unas ruecas de madera o tamizan granos en unas cestas chatas. Algunas preparan cajones con frutas para acomodarse en las rocas a esperar el siguiente barco. Algunas pocas barren sus aburrimientos con escobas de palma.

No hay mucho más que hacer…

Yo observo y agradezco… aquí soy solo una pasajera.

Yo tengo el inmenso privilegio de poder elegir...







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