¿Sabés lo que es un gibbon?
Es un mono, de la familia de los guibbones.
Se caracterizan por
sus largos brazos y porque viven colgados de las ramas todo el tiempo,
recorriendo largas distancias a una velocidad increíble.
¿Alguna similitud con la autora de este viaje? Risas abstenerse!
Lo cierto que a una hora de la frontera de entrada a Laos, hay una empresa que ha montado la “Gibbon Experience”, y algunos muchos intrépidos venimos a hacerla.
¿En que consiste? Tu puedes elegir entre un plan de dos días, una noche, muy intenso y extremo, o tres días, 2 noches, un poco más calmo…
Se trata de un trecking por las montañas ascendiendo 1.300 metros por senderitos entre la jungla, saltando los vacíos entre montaña y montaña en tirolesas de más de 400 metros de largo y a más de 1.000 metros del piso, atravesando los valles cual aves aladas… Magnífico!

Al iniciar el primer día te explican todo, te enseñan a ponerte el arnés y cómo funcionan los ganchos en las tirolesas, la posición que debes adoptar y te muestran el mapa del recorrido. El primer día serán 9 saltos, y el segundo 16.
A la noche dormiremos en una casita en un árbol, a 45 metros del suelo.
Esto fue lo que más me entusiasmó, casi sin darme cuenta del vértigo ni la osadía de colgarme de las tirolesas.
Éramos un grupo de siete personas más dos guías locales. Una pareja alemana, otra pareja holandesa, todos treintañeros, y dos chicas muy niñas, de apenas 18, también holandesas. Obvio, yo “la vieja!”, ja! Pero a las pocas horas de iniciada la ascensión, ya todos estaban con la boca abierta admirados de mi energía y mi fuerza para escalar. La verdad, que el esfuerzo es más que arduo para todos, sobretodo con el sol sobre la cabeza y los 36° C implacables! Pero debía cumplir mi propósito de conocer las casitas! Ja! Y ya saben, cuando me propongo algo, no hay obstáculo ni montaña que se me oponga. Por otro lado, no existía la chance de abandonar el grupo, ni volver marcha atrás. Además tuve que “rogar” literalmente a los organizadores, que me permitieran hacerlo, ya que su reglamentación indica que la edad máxima para contratar es de 50 años. Inútil mentir ya que me pidieron el pasaporte, pero con unas cuantas sonrisas y juramentos de que yo soy una cabra patagónica que se siente de 40! Ja!, logré convencerlos. Así que ahora, a no quejarse….
La primera tirada, atravesando el río fue un acto de inconsciencia total. No porque fuera peligroso -los equipos que te dan tienen absolutos sistemas de seguridad y están todos en muy buen estado- sino porque tuve que deponer mis miedos incipientes a fuerza de anular mis pensamientos catastróficos y entregarme por completo a gozar! Esto de que si lo pensás demasiado, no lo hacés...
Tardé solo unos segundos en darme cuenta que era una de las cosas más maravillosas, que había hecho en mi vida! Iupiiiiii!!!!!!
El viento en la cara, la sensación de liviandad, la velocidad con que te deslizás por el cable carril sin más alrededor que tu propio espíritu, mirar el bosque desde semejante altura, diferenciar colores, ser cruzada por pájaros, oler hierbas húmedas, escuchar el silbido de las roldanas en el infinito vacío, y ver a lo lejos, a tus compañeros alentándote a llegar a la plataforma del árbol de recibida.
Wowww!!! esto sí que es LIBERTAD!!!!
A medida que avanzábamos el calor apretaba, el agua se iba acabando, el corazón se iba ensanchando, y el agotamiento pidiendo un break. Pero en ningún momento me arrepentí de haberme sumado a esta experiencia!
En el momento menos pensado, llegamos a un punto con bancos precarios de tablas bajo un tinglado de chapas, sombra!!!!! y unos hombres de la compañía nos estaban esperando con sandwiches, hielo, y agua! Un manjar!!! Un oasis para el alma!
Nos dejaron descansar solo el tiempo necesario para deglutir el vital alimento, en mi caso hasta pude elegir vegetariano! Exquisito! Y antes que nos acostumbráramos demasiado al relax o se enfriaran los músculos, nos hicieron marchar de nuevo. Cada vez más empinado, cada vez más altos valles, cada vez más extensas tirolesas…. Cada vez más y más HERMOSO!
A eso de las cuatro de la tarde, arribamos finalmente a “la casita”. Una belleza montada en la copa de un árbol enorme -debo averiguar la especie- con capacidad para diez personas. Se trata de una tarima octogonal , algo más pequeña que mi Estrella de Wangari, y con una segunda plataforma más pequeña a modo de 2° piso, todo techado con chapas verdes. Una baranda perimetral rodeando el recinto con obviamente la perforación central que albergaba el gran tronco y algunas ramas principales.
Distribuídos en el piso estaban los colchones y las mantas. Una cocinita con pileta y todos los utensillos, restaba en un rincón. Unos escalones más abajo había un auténtico baño! Completo! Con ducha y todo! Con vista panorámica 360°! rodeado de un gran mosquitero transparente, ergo, cuando te desnudabas (o cuando te sentabas para tus necesidades) para gozar de la tan preciada y necesaria bañada, te sentías unida a toda la Real Naturaleza circundante, segura que nadie te podría ver desde ningún lado, ja! Divino!

Obvio, a la casita también llegabas rodando por el cable carril, distante unos 80 metros de la colina aledaña. Imposible descender o ascender por el tronco, ja! No hay escalera que valga! No las hay!
Dejamos las cosas, sacamos mil millones de fotos a la puesta del sol, y nos hicieron salir de nuevo para ir a visitar un “Gran Árbol”. A no mucha distancia, había un Abuelo de 650 años, GIGANTE!!! hermoso, recto, soberbio, impecable! Lo rodeamos para abrazarlo, y los 7 unidos no logramos cerrar el círculo. Majestuoso!
Le super agradecí en silencio su presencia, y le rogué por mi bosque, por Boreal y sus amigos parientes universales… Estoy segura que me escuchó.
Volvimos a la casita y ya estaba puesta la mesa para la cena. Recuerden que por estos lares, se cena a las cinco o seis de la tarde. A esta altura, ya me daba igual. Ni siquiera sabía si tenía hambre. Tenía el alma tan llena de bellezas y alegrías! Que pensar en comer era lo último. No podía dejar de apreciar la inmensidad verde desde la altura.

Nos sentamos en círculo alrededor de una mesa ratona donde había varias fuentes con distintos tipos de …. nunca sabré si decirles menjunges, ensaladas, potages, o qué… pero me fui sirviendo un poquito de cada cosa que me indicaban que no tenía carnes, y me fue gustando. La verdad es que nada me picaba o desagradaba, incluso había una especie de omelette delicioso.
Mientras comíamos en una más que amena charla, todo en inglés por supuesto, había dos mujeres de la misma compañía, que prepararon los “dormitorios”. Esto consistía en deslizar desde unos ganchos en el techo, unas carpas negras con un lado de mosquitero para seguir viendo hacia el exterior la noche estrellada. Así cada uno, o en pareja, podíamos gozar de privacidad y estirar las patas a gusto.
Terminada la tertulia, vimos como las nubes rosadas se teñían de negro, y una fuerte brisa se convertía en tormenta…
Agotados, y a sabiendas que al día siguiente reinicíaríamos la marcha a las seis, nos fuimos a dormir.
Yo estaba tan feliz que no me podía dormir… escuchaba las aves, las hojas entrechocándose en las ramas próximas, el viento ulular entre los cerros distantes, y las primeras gotas caer sobre las chapas del techo.
Al rato, las gotas se convirtieron en franca cortina de agua, y unos destellos de relámpagos cruzaron el horizonte. Dos o tres truenos atronadores alertaron a los guías que dormían en un rincón.
Ellos nos fueron avisando que de continuar la tormenta, debíamos dejar todas nuestras cosas y evacuar la casita. Era exactamente medianoche. Todo a oscuras, salvo por las linternas de ellos, los celulares nuestros, y los rayos de la Madre Natura.
Inmediatamente tomaron la decisión y nos pusimos los arneses sobre los piyamas, sin más demoras, en silencio, en un clima de tensión consciente ante la probabilidad de que un rayo fulmine nuestro árbol y ardamos por la eternidad…
Uno a uno se fue deslizando por la roldana que chirriaba como un búho bajo la copiosa lluvia, empapándonos sin remedio, pero felices de estar salvando el pellejo.
En tierra firme nos guiaron a un tinglado protegido con nylons a unos pocos metros de la plataforma de arribo. Todos nos mirábamos entre sueños interrumpidos, sin animarnos a preguntar demasiado, mucho menos a reirnos. Alguno buscaba improbables respuestas en el celular sin señal alguna. Los guías miraban el cielo como estudiándolo.
Dos o cuatro truenos más fuertes sacudieron nuestras dudas y nos obligaron a aguantar de pie en ese trozo de rescate. Esta parte de la aventura no estaba explícita en el Reglamento de la Compañía, ja! Pero le sobraba adrenalina…
Supongo que pasó algo así como media hora, cuando los guías decidieron que ya había pasado el peligro. La lluvia continuaba, pero el viento y los relámpagos habían pasado de largo.
Volvimos a colgarnos, uno a uno, en fila india. Yo quedé para lo último. Entonces el guía de la retaguardia me ofreció cargarme a babucha enganchando mis piernas a su cintura y dejarme deslizar con el envión. No sé si porque me vió la cara de susto (Una cosa es hacerlo de día con el sol y otra muy distinta, en plena oscuridad) o de agotamiento, lo cierto es que acepté sin cuestionar, y me dejé llevar, Ja!
Una vez más el famoso “Soltar y Confiar!” como en la Vida misma.
Ya en la casita, cada cual se metió en su carpita y quedamos en silencio, oyendo la lluvia y las aves nocturnas, cada cual agradeciendo o buscando su propios sueño.
A las seis, la amable voz de los guías indicándonos la levantada, a la vez que preparaban café, té o chocolate, con unas galletas dulces riquísimas.
Uno a uno pasó por el aseo, y nos dispusimos a partir.
Fue entonces que nos dijeron que dejáramos el equipaje allí, que haríamos un paseo y luego volveríamos para el almuerzo.
Ya super entrenados “volamos” de la casita cual pajaritos del nido, plenos de energía renovada y curiosidad despertada.
Caminamos quince minutos hasta “la cocina”. Un lugar abierto en el medio de la selva donde nos juntamos con otros grupos que estaban haciendo la misma experiencia que nosotros pero en otras casitas más alejadas. Seríamos unas 45 personas. Además estaban los guías de cada grupo más una docena de cocineros, changadores, las señoras de la limpieza, los que revisan los cables, los que mantienen abierto el camino, y un montón de niñitos, hijos de los trabajadores.
Dicen que esta compañía da trabajo a más de 140 locales desde hace quince años en que un francés loco y visionario, la creo y la sostiene.
Allí nos mostraron la huerta con la que preparan las comidas, los cerdos y las gallinas destinadas a las ollas, los generosos bananeros que siempre suman, algunas especies y plantas odoríferas, y una demostración de como prender fuego sin fósforos.
Como niñitos exploradores volvimos sobre nuestros pasos y atravesamos otras tres grandes tirolesas de más de quinientos metros.
En una de ellas, alcancé tal velocidad que no podía frenar. Casi me doy un reverendo tortazo contra el árbol de acogida. Me salvó el guía que enlazó mi cuerda y tironeó lo suficiente para provocar que mi roldana se detuviera. Otra hubiera sido la historia…
La verdad es que estos humildes muchachos, que apenas balbucean el inglés, petisitos aunque morrudos, son como los querubines del grupo. Están atentos a todo, nos abastecen, nos cuidan, nos enseñan, y encima, nos sonríen todo el tiempo…!
Tras estos tres saltos mortales volvimos a la casita para las 9 am. Y para nuestra sorpresa, ya estaba servida a la mesa el desayuno. Aunque para mí eso era un almuerzo! Las fuentes de arroz, de hongos, de verduras, de patatas dulces, de currys, y el sabroso omelette! Toda una Fiesta! Había agua fresca en abundancia (no quiero ni pensar quién sube semejante cantidad de litros en bidones sobre sus cabezas!!) y jugos de mango o naranjas.
Nos despachamos a gusto antes de dejar definitivamente la casa, esta vez portando nuevamente nuestras mochilas y termos cargados. Casi 8 kilos sobre la espalda, uff!!…
El resto de la mañana consistió en seguir la huella atravesando un copioso bosque de bambués, o sea, en sombra! Para nuestra fortuna, y además en franco descenso, cosa que no fue tan fácil, ya que el barro por la lluvia de la noche anterior, hacía todo muy resbaladizo. El colchón de hojas sueltas del piso impedía ver las raíces sobresalientes o las piedras bajo los pies, por lo que había que andar con sumo cuidado.
Fueron 16 saltos más a sabiendas de la cuenta regresiva, por lo que en cada uno, decidía gozarlos más y más!
Así hasta llegar al último, volviendo a cruzar el río del inicio, sobre unos campos cosechados de algodón, con unos búfalos pastando en el barro negro.
Abajo nos esperaba otro refugio, esta vez con con vestuarios para cambiarnos, ponernos la malla, y darnos una excelente zambullida en el río cual pececitos de alegres colores.
Mientras tanto, los guías preparaban otro guiso de arroz con verduritas, nada mal para apaliar las consecuencias de la nadada más el esfuerzo matutino.
A las 14, y con el alma pletórica, nos subieron a unas camionetas descapotadas y a “los saltos” -literalmente hablando (o escribiendo)- nos trasladaron 45 minutos por un camino casi indescriptible de pozos, baches, arroyuelos que cruzaban, tierra desmoronada, arenales, y otras delicias del surf. Recordé aquél de Mozambique donde casi pierdo la vida, por lo que esta vez, iba bien agarradita! Y rezando…
Esta adrenalina tampoco te la cuentan al inicio, ja!
Finalmente llegamos a la ruta principal, ya asfaltada, y en mejores condiciones, llegamos al centro de la ciudad en otra media hora. En la oficina principal nos recibieron con sandía trozada fresquita y una encuesta de satisfacción para rellenar por QR, que modernidad!
Todos super felices y agradecidos, nos depedimos del grupo y de los otros que también iban llegando.
Por suerte mi hostel estaba a unos pocos metros de la oficina, y me dieron una habitación para mi sola! Tras la ducha y la lavada de ropa, quedé “filtrada”, cerveza en mano, en los almohadones de la terraza, viendo como el atardecer doraba el Buda de la orilla enfrentada. Allá Tailandia, acá mi alma feliz en Laos.
Buenas noches!































No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Si querés, dejame aquí tu mensaje o compartime tu Milagro...