El bus, o lo que quedaba de lo que alguna vez fuera, le puso dos horas en atravesar colinas labradas de arroz, bosques de bananeros y bambués, pueblos desprolijos a la vera de una ruta más rota que sana, aunque bella de sonrisas locales y vistas calmas a la hora del más terrible calor.
En el asiento de al lado mío iba sentado mi ángel de turno, un U.K. boy con quien haríamos juntos los trámites aduaneros, ya que para ambos, sería la primera vez en cruzar esta frontera.
Al llegar al lado Laos, tenes que pagar una visa de 40 u$s más la correspondiente foto de otros u$s 4 .-aunque nunca me sacaron la foto que sí pagué-.
Cuando te ponen la gran etiqueta, que te come una página entera del pasaporte con el correspondiente sello, el guarda, sin preguntarme nada, me dice “Welcome Laos”. Hay a continuación otra ventanilla que te pide otros u$s 5.- a cuenta de no sé que “taxes” y porsu ni recibo te dan y mucho menos te podés poner a protestar y/o negarte a pagar.
Tras cartón, ahí solito en la puerta de la aduana, con una infinita “nada” ante tus ojos, el único taxi.
-”200 bats cada uno” -sentenció lacónico el chofer. (u$s 10.- un disparate para escasos 5 kms. Al centro del pueblito fronterizo donde pernoctaríamos)
Cabe destacar que allí le llaman taxi a una especie de camioneta abierta atrás, con dos hileras paralelas de asientos a su vez paralelos al camino, donde caben 6, 8 o 10 personas, de acuerdo a la avaricia del chofer. Nada de acolchado en la tabla que hace de asiento, y el aire acondicionado se reduce al aire natural que entra por doquier ya que a veces, ni techo tienen!
En ese momento, apareció Luisa, otra argentina regateadora, junto a tres alemanas.
Ya éramos (6) “patota” mayoría que nos negábamos a pagar ese absurdo, aunque no tuviéramos otra opción. Igualmente conseguimos un descuento a 7,50 u$s . Aunque suene insignificante, la diferencia es el valor exacto de una cena modesta y suficiente.
Cosa que hicimos apenas llegamos al bendito nuevo hostel y nos duchamos como si del Sahara llegáramos.
La rutina de estos casos: pasar por una casa de cambio para tener efectivo en moneda local, volver a aprender a hacer las cuentas de transferencia, comprar una Sim-card para el móvil, comer “arroz con” (en mi caso con nada!) y echarse a dormir como murciélaga patas para arriba.
Mañana a primerísima hora, abre a las 8, quiero averiguar si estoy a tiempo para reservar la “Gibbon Experience”. En vez de estirar los brazos como esos monos, cruzaré los dedos…
Ojalá! Mañana les cuento...



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