Con la van de las 7 am. -única del día, sino hubiera elegido otra- partí dispuesta a recorrer las 487 curvas que separan Pai de Chiang Mai, y allí, con un transbordo a un bus más consistente, emplear otras cuatro horas en llegar a Chiang Rai.
Tardé varios días en lograr diferenciar ambos nombres y reconocer cada ciudad con sus singularidades.
Sólo sabía que en esta última se encontraban los dos templos más bonitos de toda Tailandia: el Blanco y el Azul.
Después de haber visitado tantos, y con tantos dorados, plateados, bordeauxs, verdes esmeraldas, y tantis pitis flautis en sus archi barrocas ornamentaciones, pocas ilusiones me hacía de sorprenderme, pero son tan renombrados, que decidí seguir al rebaño…
Además dicha ciudad es cuasi paso obligado para luego pasar a Laos por esta región Norte, así que nada perdería. Allá vamos!
La primera tarde, apenas estaba tratando de ubicarme en algún hostel “b.l.b.” (bueno, lindo y barato) conocí a Paula, una diseñadora gráfica argentina. ¡Qué alivio cada vez que puedes intercambiar un buen momento charlando en tu propio idioma! Es como respirar aire puro después de estar días sumergida bajo el agua, tratando de soplar por una manguerita.
Ella también acababa de llegar, así que recorrimos el minúsculo centro juntas, templos y monumentos por doquier, para variar, y compartimos una cena -a la hora de la merienda, como lo hacen acá- en un mercadillo local, lleno de chucherías chinas y alguna ropa artesanal tailandesa, bonita anque ridícula para usar en nuestro país. Mucho menos cargarla en las valijas, ja!
Nos despedimos sin grandes planes, y mi cuerpito agradeció el descanso.
Con los bríos repuestos, me levanté dispuesta a ir al afamado White Temple en las afueras de la ciudad. Con el olfato que me caracteriza supuse que habría un colectivo local para llegar por las mías y no depender de una agencia de turismo, o de un taxi estafador.
Me dirigí a la estación de buses por la que había llegado -de paso averiguaría para la tardecita ir hasta la frontera y despedirme de Tailandia-
Dicho y hecho, el colectivo local hacia el Templo de Cristal, como también se lo llama, salía justo en ese momento, y sino cada hora. Ni lenta ni perezoso, ni lo dudé! Y agradecí mi rescatada buena fortuna!
En treinta minutos ya estaba en mi destino, y por apenas unas chirolas.
La palabra “Sorpresa” se quedó corta. Lo que apareció ante mis ojos, es de una belleza tan indescriptible como suntuosa. La creatividad de esta obra de arte es la materialización a la enésima infinita de un genio arquitecto cuyo nombre es Charlemchai Kositpipat. Otra que Dalí, o Le Corbusier, Gaudí un poroto!
¿Qué cómo jamás habíamos escuchado hablar de este Genio?
Lo de siempre, los occidentales creemos que el ombligo del mundo se encuentra siempre de aquél lado del mar, y no tenemos ni la más remota idea de que “hay otro mundo”.
Un mundo riquísimo de una cultura más que milenaria, con sus historias y tradiciones, sus religiones, sus lenguas y artistas, etc. etc. Un mundo maravilloso con el que puedes disfrutar, agobiarte, no entender, discrepar, o como lo vivas, aunque de ninguna manera, te dejará indiferente.
Este artista -de mi misma edad actual- pintor, escultor, diseñador y constructor con sus propias manos, comenzó esta utopía de magia y preciosidad, en 1939, con el fin de dar a su pueblo natal, un atractivo tal que convoque multitudes a alabar a Buda.
Y bien que lo logró! En poco más de nueve años, y con un equipo de gente maravillosa, logró hacer realidad este Milagro vivo.
Esta obra no obedece a ningún estilo tradicional, más bien es la simbiosis de formas azarosas y simbólicas, una fusión entre budismo, hinduísmo y otras yerbas de su propia cosecha, trabajadas escultóricamente en piezas blancas -que representan la pureza- con infinitas incrustaciones de espejitos como mosaiquismo -representando la sabiduría-
No tiene muros ni techos, aunque se entra cruzando un puente sobre un círculo de agua y se transita entre figuras del imaginario fantaseoso y mitológico anque algún personaje pop se esconde bajo las cúpulas o en torno a las columnatas arábigas. Todo recontra ornamentado en la única tonalidad nívea que no deja de reflejar el sol. Arcadas y pórticos con serpientes aladas, dragones bramantes, ninfas y aves extrañas invitan a recorrer el circuito semicubierto como un tránsito del inframundo del pecado a la Iluminación.
Las cornisas en puntas alzadas con las gárgolas cruzadas, señalan el infinito y el más allá del imaginario posible, como clara visión metafísica del conjunto.
Siguen una serie de jardines con cascadas y grutas donde se exponen otras obras de artistas locales.
Pesadas campanas de la Paz, de labrados bronces y largos cordones colorados, con diferentes tonos en sus diapasones, se dejan tocar por los caminantes, impregnando los patios de una grave sonoridad tan soberbia como respetuosa.
Obeliscos repujados hasta lo retorcido encuadran chorros de agua verticales, donde los rayos tornasolados de la luz se multiplican en espectral diafragma.
Los pisos son una obra de arte en sí misma, cada sector -siempre en la uniformidad del tono neutro- con diferentes mandalas, guardas, estrellas polares, símbolos zodiacales o celestiales, animales domésticos y fieras, vegetaciones abstractas, o símbolos cósmicos, van tapizando los distintos senderos y espacios de reunión.
Para variar, la visita típica que está pautada en una hora, a mí me llevo tres! No podía dejar atrás ningún detalle, no me podía despegar de semejante beldad, a cada paso descubría algo más para fotografiar, algo para no olvidar…
Lástima también, que a cada paso, te topas con un turista. O con cien! Es increíble la multitud que viene a conocer, cual peregrinación santa, esta obra monumental. Tanto tailandeses como turistas extranjeros, somos miles los que no quitamos el calzado en la entrada, tomás una no nada ecológica bolsita de nylon tras los molinetes de acceso, y paseas tus asfixiados zapatitos bajo tu brazo durante todo el trayecto. Las manos libres para sostener la cámara que tendrá más que recompensado trabajo.
Además deberás portar los hombros y las piernas cubiertas, por lo que pagarás por chalinas prestadas, anudándotelas a la cintura, o sobre el pecho. No es cuestión de perderse la visita, por cuestiones de vestimenta no apta.
Aquí también lo curioso, es que hay mucha gente, que decide venir disfrazados a la antigua usanza, o bien, hay negocios de alquiler de trajes típicos en los alrededores. Aman fotografiarse en las escalinatas o bajo los portales, luciendo como un siglo atrás, aunque este templo tenga apenas treinta años, ja!
Satisfecha y feliz, decidí continuar mi itinerario hacia el Templo Azul, aunque ahora se me complicaría el transporte, ya que no sabía ni el horario ni la ubicación de la parada del bus local, ni si llegaba al oro templo.
Para evitar pérdidas de tiempo improductivo, apelé al viejo truco: el dedo!
Dicho y echo, en 20´ había alcanzado mi destino. Pero no en un transporte “normal”, sino que mi chofer de turno, manejaba una moto con ya una pasajera atrás. Sin ni dudarlo se detuvo y me ofreció la tercera posición como la cosa más normal del mundo. Habiendo visto familias completas de hasta 5 miembros, más perro y rollo de alfombra! viajar así, no le hice empacho y me monté agradecida, ja!
El Templo Azul es otra preciosidad, que como su nombre lo indica, es en su mayoría de ese color, tanto de afuera como de adentro. Su arquitectura es más tradicional pero no por ello, menos monumental.
Esta vez los zapatos se dejan en unos estantes previos a las escalinatas de acceso, mientras un altavoz te indica las instrucciones de uso y respeto, ininterrumpidamente en cinco idiomas distintos.
Hay grandes urnas para hacer las donaciones materiales, y a su vez podés comprar inciensos, velas, flores enlazadas, o bolsas de arroz, para cumplir con diferentes aspectos de los ritos.
Aquí el piso del gran salón estaba completamente tapizado con una gruesa alfombra de un azul uniforme en perfectas condiciones de aseo.
A partir del segundo tercio del espacio, a medida que te acercas al gran Buda, debes hincarte de rodillas, o bien sentarte con las piernas cruzadas, a su estilo! La idea es quedar siempre más abajo que cualquier esfinge.
Los devotos pasan largo rato inclinados con la cabeza gacha y las manos juntas sobre el pecho. Los turistas alzamos la vista hacia los murales del techo, y sostenemos las cámaras al tiempo que los celulares.
Todo me es asombro, aunque no del todo grato.
No puedo dejar de pensar en lo fastuoso y hasta provocador que es toda esta “fachada” de espiritualidad, cuando en el fondo es un burdo mercado de compra-venta de supuestos pecados.
O bien, un cachetazo de lujo y poder hacia los pobres, honrados y ciegos fieles. En fin… todo muy lindo pero me hace mucho ruido!
Aquí por lo menos no te cobran entrada, pero los kioscos y puestos comerciales todo alrededor y en las calles circundantes, hacen del sermón de “los mercaderes del templo en Jerusalén” una historia copy-paste para los budistas.
Suficiente para mí. Los 36° C me obligaron a un último helado de despedida: mango y arroz celeste servido en cascarones de coco. Sí! Como lo lees: “arroz celeste!” Y qué? Acaso no les dije que hay oras culturas? Ja!
Otra moto a dedo hasta el down town (esta vez yo era la única pasajera), pasé por el hostel a buscar mi valija, y nuevamente directo a la estación de buses, a enganchar el que va en dos horas hacia la frontera…
Allá nos vemos… chau Thai!






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