Tras el derretimiento de rigor, dejé Viang Vieng rumbo a Viantiane, capital de Laos.
El micro me dejó a media hora a pata del hostel programado, ya que no podía avanzar por la avenida que estaban repavimentando. Mi espíritu se negaba a otra negociación con los tuc tucs de turno para evitarme sentirme estafada, así que decidí emprender la caminata bajo el sol ardiente y el alquitrán humeante.
A los 10 minutos ya era una alma en pena, pero con la zanahoria mental de la foto de la piscina que me aguardaba al llegar.
Entregué el documento, pagué mi sitio y en un santiamén estaba largando burbujitas bajo el agua. Plashhh!!!! bendición más que agradecida. Quedé en remojo hasta las once de la noche! Justo había otro argentino, un venezolano y una pareja de catalanes, así que meta charla, cerveza y buena vibra!
Así fue que me enteré que además de los templos budistas, que ya me parecen todos más que repetitivos, anque maravillosos- en las afueras de la ciudad hay un “Buda Park” digno de visitar.
A la mañana siguiente, tempranito, envuelta de valor y desenvuelta de prendas, me decidí a ir hasta allí en un colectivo local.
Se trata de un complejo con centenares de estatuas de dioses varios y millones de Budas en distintas posiciones. Un gran jardín semi descuidado rodea las imágenes y acompaña el sendero hasta el río, donde unas huertas verdes lo enmarcan.
Lugar propicio para recuperar la respiración con la brisa fresca.
Todo fue realizado en cemento que según cuenta la leyenda fue una donación de EE.UU. Para construir rutas tras la guerra, pero a los laosianos les pareció mejor emplearlo en estos homenajes a sus dioses. Lástima que el paso del tiempo ha ido descascarando las superficies y ahora luce en un estado semi precario.
Lo que más me gustó fue poder entrar a una estupa.
¿A una qué?
A una estupa que no es una estufa, aunque así se sienta. Sino que son monumentos funerarios con forma de chupete de mamadera de tamaño descomunales. Adentro guardan restos o cenizas de muertos célebres, algo así como las pirámides para los faraones.
Las ves en casi todos los templos o perdidas en algunas colinas alejadas, las más de las veces son doradas, o blancas.
En este caso tenía una boca de acceso para poder recorrer, a modo de museo, su interior laberíntico. Tres niveles ascendentes por unos escalones de peligro te invitaban a salir por una ventanuca en su cima. En su recorrido era como estar visitando el infierno de Dante: centenares de figuras grotescas, serpientes, dragones y bichos indescifrables con máscaras de terror, brazos saliendo de la tierra en franco pedido de auxilio, bocas gritando mudos horrores, tapizaban las paredes y el suelo.
Entre el calor y lo antiestético (para mí), salí desesperada por tomar algo fresco y dar por cumplida la visita.
No sin antes admirar a las diosas de 6 u 8 brazos, con las cabezas mirando en las 4 direcciones! precursoras de mi idea de ser madre. Siempre digo que nuestro Dios es machista, porque nunca pensó en darnos otro par de manos, de ojos y de orejas, con cada nacimiento de un hijo, para así tratar de cumplir mejor nuestra función, ja! En esto le falló la creatividad, se ve que jamás cambió un pañal mientras cuidaba que otro crío se electrocutara en un enchufe u otro reclamara su sopa. Ja!
Las diosas hindués seguro lo podían hacer mejor que nosotras las occidentales.
Se ve que la calentura ya me derritió los sesos y pienso pavadas….
Ya llegando de vuelta al centro, pasé a visitar el Arco del Triunfo, copia fiel del de Napoleón en París, pero todo escrito con letras de gusanitos y dibujos de buditas, nada de soldaditos.
Volví al hostel tratando imposiblemente de encontrar una ensalada fresca y naa…
Tuve que conformarme con un helado chino de color semi apetecible, ni idea del nombre del sabor.
La piscina compensó todo el desgaste, de acá no me muevo hasta nuevo aviso.
Chau!
PD: Nota curiosa del día: ¿Alguna vez se imaginaron un monje budista en un Starsbuck?
Ya decía mi abuela, los tiempos están cambiando...
































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