miércoles, 23 de abril de 2025

Día de gloria

 Temprano, para evitar el calorón -cosa tan imposible como utópica- salí a recorrer esta pintoresca ciudad de Luang Prabang. Su arquitectura tiene resabios de su época colonial, por lo que me trasladó en un segundo místico a la Guayana Francesa. 


Las mismas casas de dos plantas, las mismas ventanas con postigones celestes, algo en el aire derramaba el aroma de las Santas Ritas fucsias en plena floración, abrazando techos y balcones.

Guiada por mi olfato intuitivo caminé por la riviera del río hacia la izquierda, bajo una selvática arboleda reparadora . Varios cafés y restaurants en terrazas se ubicaban en esta zona. Las barcas estacionadas al pie de las bajadas ofrecían comidas inciertas en carteleras ilegibles para mí. Igualmente nada me apetecía y menos a esa hora.


















Fui controlando el sudor que aumentaba con razón, siguiendo la línea punteada que me invitaba el Google Map hasta un “Centro de Arte textil”, sin saber con lo que me iba a encontrar.

Casi derretida y a punto de perder la poca presión que aún tenía, llegué a un hermoso jardín con arcadas de flores y carteles de bienvenida. Una rueca, una sillita bajo un frondoso tamarindo, la pava pronta en el recaldo y canastos con hilos de colores, explicitaban la escena típica de las mujeres del lugar. Más allá, unas cuantas en sus respectivos telares, concentradas en sus artísticas tareas. Me acerqué con prudencia y el infaltable “Sabaríiii…” con el que acá se saluda. Su sonrisa lenta me abrió el camino a un día de gloria…








Sin palabras, me permitió observarla mientras armaba la urdimbre y seleccionaba la matriz del dibujo que se plasmaba en una gama de índigos y dorados.

La trama crecía a cada paso del rodillo que amacaba en el pedal con su pie derecho. Era como ver crecer un Milagro…



Parecía que el tiempo se había detenido. Ella segura, sabia de su acciones, escondía su orgullo en el pudor de sus pómulos rasgados.

Me despedí con el tradicional movimiento de acompasar mis palmas sobre el pecho al tiempo de inclinar mi cabeza.

Bajo un gran quincho de palmas, y gozando de la vista del fresco río, una docena de tejedoras, cual silenciosa orquesta, movían las hebras de sus telares al son de la magia heredada de una sabiduría tan ancestral como bella.






Un poco más apartadas, otro grupo hacía maravillas con sus pinceles inundados de parafina tibia, dibujando mandalas sobre telas de algodón, con la vieja técnica del batik.

 Inmediatamente me remonté a la Fundación PiluKa, donde estuve colaborando una semana en Namibia. ¡Otras mujeres, el mismo Amor por lo que hacen en sus día a día! ¡Otras bellezas, el mismo arte!

Al terminar el recorrido hay un bonito bar para relajarse en el frescor de los bananeros mirando las barcas pasar. Y obviamente una tienda de venta de souveniers con las labores de estas trabajadoras agrupadas en una especie de mutual o fundación.

Pero a mí lo que más me convocó fue una casita en un árbol, donde me permitieron subir a disfrutar un helado jugo de naranja. OHMMM… placer de Dioses! (Y Diosas! Ja!)







Debía volver al centro de la ciudad para seguir conociéndola, pero los 40°C de las 3 de la tarde, amedrantarían a cualquiera. Me asomé a la calle, estudié la situación con los ojos enceguecidos por el resplandor, y ante la soledad reinante, hice una secreta convocatoria a algún transporte que me evitara la larga caminata de vuelta.

Instantáneamente pasó una camioneta brillante y sin apenas levantar el dedo, el chofer bajó la ventanilla para preguntarme para dónde iba. El frescor del aire acondicionado interior me iluminó el alma, y de un salto ya estaba en el asiento delantero.

Agradecidísima me bajé a los quince minutos, tan gloriosos como placenteros! Y quedé en pleno centro, delante de la compañía de telefonía celular. Justo! Tenía que comprarme la nueva Sim-card para mi celu, fantástico!

Salí de nuevo al infierno de la calle y ví un mercado, lleno de frutas y verduras “normales” y un montón de “bositas” con cosas (se supone que para comer) indescifrables, tanto en sus contenidos como en sus etiquetas en chino básico.







Me hice con un licuado de mango y un arroz frito, que aquí es como un pan gomoso, y me senté en la vereda del río a disfrutar la sombra, contemplando la orilla opuesta y el movimiento de las barcazas, lentas, como la siesta misma…

A medida que el sol aflojaba, reinicié la marcha intentando llegar al Museo del Palacio Real, otrora casa de Gobierno cuando Luang Prabang era la capital del país. En el camino me entretuve mirando negocios de ropa de diseño local, antiguedades, artesanías, una galería de arte, y una cafetería con una exposición de fotografías alucinantes! Para cuando llegué al Palacio, ya no dejaban entrar, sino para la función de danza-teatro que iniciaría en una hora. 







Supuse que sería lindo presenciarla, pero no tenía ganas de quedarme ahí en la fila, ni aguantar dos horas de espectáculo con sus músicas chillonas y movimientos repetitivos. Diez minutos en Youtube me bastan y sobran, perdón!…




Fue entonces que al dar vuelta la calle, topé con una casa de masajes. La dueña, cual matrona a la puerta, invitando a pasar a los pocos transeúntes que andaban por ahí.



Su sonrisa, el anhelo de una camilla horizontal, la posibilidad de aire acondicionado, y la tarifa, me cautivaron como un imán. Elegí el masaje tailandés, sin saber a ciencia cierta de que se trataba, pero me lo debía! Ja! 




Primero de todo te lavan los pies en una fuente de agua tibia, y me señalaron la escalera para pasar a la primera planta.

Una docena de colchonetas separadas por níveas cortinas, poblaban el piso.

La jovencita que me tocó en suerte me señaló una como diciéndome que allí me acueste. Me mostró una babucha y una camisolade algodón muy holgada y di por descontado que me tenía que sacar mi transpirado vestido “todo terreno”.

Ante su sonrisa amable y la presunta suavidad de sus manos, caí rendida boca abajo.

En un santiamén ella se arrodilló -literalmente!- sobre mis pies invertidos y andando en cuatro patas, trepaba con todo su peso, sobre mis pantorrillas y muslos desprevenidos. Meta pelliscones, cachetadas y más de un coscorrón.

Ahí me acordé de la advertencia de otra viajera que me había contado lo fuerte que era el verdadero sistema tailandés tras su sufrida experiencia.

Yo decidí entregarme y gozar...Ja! Y si bien es cierto que no es precisamente “agradable”, hay una cierta cuota de masoquismo que pareciera conformarse a medida que aumentan los tironeos a lo largo de la espalda. Para cuando llega a los brazos, ya estás echa un flan… y sentís el correr de la nueva energía por todos tus nervios interiores como autopistas de vibraciones desconocidas.

Con la puntualidad japonesa, se detuvo a los exactos sesentas minutos -como marca la tarifa- y con un mínimo “sabarúuuu…” se esfumó entre las cortinas…

Deduje que era tiempo de volver a vestirme y levantarme. Bajé la escalera, liviana como si estuviera subiendo al cielo.

Abajo me esperaba la joven con una taza de té de un yuyo sabroso y su mejor sonrisa con ojos de pregunta.

La felicité con el pulgar en alto y pagué mi sesión.

Salí flotando…

En la esquina vi varios puestos de flores. No en ramos como estamos acostumbrados, sino trenzadas en guirnaldas y coronitas. Son las ofrendas que los devotos compran para obsequiarle al Buda. Dicho y hecho, más adelante estaba el templo engalanado de pompa para alguna festividad. 



Me dió cosa meterme a fotografiar y decidí seguir de largo, no sin antes pescar a unos niños-monjes -cabeza rapada y túnica naranja envolviendo sus cuerpos- jugando con sus celulares. El mundo está cambiando muy de prisa, ja! Otra que orando…



El sol ya se escondía tras una colina enfrentada regalando su redondo fuego inmenso de poder, después de haber cumplido su día. Una estela dorada lamía el río en cuadratura con su luz. Una barca la atravesaba, iluminándose como una estrella flotante.



Volví por una callejuela con bonitos restaurants y bistros, tiendas de souveniers y ropa de diseños extrvagantes. Intuyo que los modistos europeos vanguardistas vienen a inspirarse en estos modelos ancestrales para luego subir a una mannequin negra achinada a una pasarela en París, portando estas impactantes telas multicolores y multitexturas.



















Yo me tenté con un pankaque de bananas y miel al paso y me lo fui disfrutando con el tenedorcito de bambú, observando los mismos puestitos del night market de la noche anterior y los mismos artesanos aburridos esperando poder sumar alguna venta.

Me volví a tentar. Como broche de oro del día, compré un minúsculo pajarito labrado para colgarlo en mi huerta, junto a los que ya la habitan. como promesa de un feliz regreso y toma de poseción de mi espacio propio…

Pero por ahora, mi deseado espacio para esta noche será la camucha del hostel de turno. Allá vamos. Buenas noches!



PD: ¿Oyeron hablar del libro "Dios regresa en una Harley Davidson? éxito de ventas en los ´80?

Pues aquí parece que "Buda regresó en una Scooby," Ja!



chau!

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