miércoles, 14 de mayo de 2025

Da Lat

 Con un tormentón amenazando mis narices, avance por la cuesta que me marcaba el Google map en búsqueda de mi hostel en esta nueva ciudad en las entrañas de las montañas vietnamitas


Arrastraba mi valijota en una avenida de pinos perfumados mientras el ozono me auguraba el pronto chaparrón.

Les supliqué a los angelitos que me permitieran llegar a mi destino a apenas doscientos metros, sin empaparme, aunque solo me concedieron la presencia de un conductor amoroso que se detuvo a preguntarme si necesitaba ir a algún lado.

Salté dentro de su inmaculado blanco auto último modelo y le marqué la posición del hostel. Presto me dejó en la puerta del hostel, al tiempo que todos los baldes del cielo se vaciaron sobre mi cabeza.

Adentro, una atmósfera de incipiente fiesta juvenil a todo volumen, me indicó que había llegado al lugar equivocado. Yo solo necesitaba una ducha, una cama y muuuuchhoooo silencio.

Esperé que amainara, llamé a una moto taxi, y capita mediante, me trasladé a otro hostel, justo frente al lago Xuang Huong, una especie de Palermo céntrico. “No hay mal que por bien no venga” se cumplió con todos sus bríos! Un lugar precioso, atendido por una familia local, rica comida, otros huéspedes amigables, y muuuchooos mosquitos nocturnos! En fin, el “ todo no se puede” también se cumplió inexorablemente.



A la mañana siguiente, larga caminata citadina de reconocimiento: visité los jardines del amor, que resultaron una plazoleta con bonitas flores pero no más que eso, aunque su nombre te alegraba el alma.

Luego visité la Catedral San Nicolás, aunque estaba cerrada. Sí! Aquí en Vietnam, la religión católica ha hecho pie con creces, y es normal encontrar iglesias con los propios santos romanos, como así infinitos templos budistas a la par.



De allí me fui a la “Casa Loca”. La creación de una afamada arquitecta vietnamita -aunque los occidentales jamás la hayamos escuchado ni nombrar- onda Gaudí o lo que Salvador Dalí para la arquitectura.
















Construída como saliendo de un árbol, sus enreveradas ramas de cemento se enroscan y abrazan a la construcción donde funciona un exclusivo hotel de solo seis habitaciones, un acuario, una cafetería y el museo. Todo el tiempo vas caminando entre muros curvos, techos zigzagueantes, escalones que suben y bajan ininterruptus, todo muy orgánico y multicolor, como la naturaleza misma, que es lo que esta genia quiso manifestar con su obra, un perpetuo in crescendo maravilloso que sorprendía a cada paso.








































Disfrutada la visita, seguí para la Pagoda de Linh Son, caminando entre mercadillos y calles atiborradas de negocios, tan mezclados como diferentes. Podías encontrar desde un banco, a una gomería, uno que venda vestidos de novia, otra cuchillería, un consultorio de dentista a la calle, un supermercado, una farmacia, zapatillería, sogas para barcos, librerías, gallinas enjauladas, repuestos de motos, cervecerías, valijas, flores, sillones, colchones, etc.. etc. un sinfín tan enloquecedor como la mismísima Crazy House, de todo como en Botica, decía el tango, verdad? Todo eso sumado al bochinche pertinente y al paso de los millones de motos como moscas imparables.

Para cuando llegué, agotada a la Pagoda, me senté en la alfombra del suelo cual fiel devota de Buda Niño y me quedé un buen rato disfrutando los farolitos de irupés rosados, flor nacional de Vietnam, y del beatísimo silencio, oh..placer!












Recuperada, volví mis pasos bordeando el lago rumbo a mi hostel, a preparar la partida para el día siguiente.



Grata charla nocturna con una tana nueva que había llegado, y a la cama!

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