Como toda capital del sudeste asiático, Hanoi es apabullante! No solo por lo extensa, sino por la cantidad de habitantes que conviven con millones de turistas, unos y otros con sus motitos, sus ruidos y sus gases. Too much for me! Realmente es un esfuerzo intentar conocerlas “un poquito”…
A ver por donde empiezo a contarte…
¿Por la lluvia?
Desde que llegue, el gris y su neblina húmeda no cesan. Sumado a mi cansancio sería el momento preciso para esconderse debajo de la cama, pero como siempre, la curiosidad me gana.
Así que me tomé un colectivo local, más una buena dosis de valor para atravesar el gentío, y me dirigí al Mercado de la seda. Un barrio en las afueras del centro, famoso por sus tiendas y telares a la vista, de prendas de seda natural.
Yo no soy una entendida en textiles, pero salvo dos o tres negocios, de presencia y precios de alta gama, el resto me parecieron vulgares imitaciones “chinas”. Imitación de la imitación!
Así que el paseo solo valió para empaparme, y disfrutar sacar fotos de los paraguitas colgados de cables aéreos.
Una curiosidad fue escuchar campanadas de Iglesia por la tarde, y es que la Catedral católica, iluminada a giorno, anunciaba el angelus, mientras miles de turistas posaban ante las puertas abiertas del atrio.
Pero la gran curiosidad de Hanoi es el tren que circula por una callecita comercial en pleno uso. De hecho, cientos de bares, acomodan sus mesitas y sillones paralelos a la vía, a escaso metro de distancia, sin ningún tipo de barrera en el medio. La multitud camina saltando por sobre los durmientes esquivando el empedrado de canto rodado entre ellos.
Todos decorados con más que abundante luces de neón y cuanto chirimbolo de decoración alegran las paredes de estas tienditas de souveniers al por mayor.
La gran excitación es cuando los guardas de la empresa ferroviaria invitan con sus pitos alocados y sus gestos con bastones, a despejar el centro de la vía. Todos nos pegamos a los muross laterales del callejón, casi montados a los asientos de los comensales, para ver pasar la gran máquina y sus veinte larguísimos vagones entre vítores, manos alzadas saludando, flashes de cámaras y celulares sacando las curiosas fotos. ¡Una fiesta callejera sobre ruedas! Un verdadero peligro inconciente, del que todo turista que se precie de tal, viene a conocer, ja!
Por lo cultural, no mucho más. No museos, no bibliotercas, no librerías… solo mercadillos y comida callejera al por mayor. Para mí, ya a esta altura, totalmente invisible! Me niego a probar esos menjunges!
Ah sí! Casi lo olvido. Algo cultural típico es el teatro de Marionetas de Agua. Compré mi ticket para la función vespertina, ya que la lluvia no paraba, y fui a ver de qué se trataba.
Intenté cenar algo parecido a unos fideos insípidos y bordeando el gran lago central, a modo Palermo, volví a mi guarida, cantando bajo la lluvia.
A la mañana siguiente hice mis averiguaciones para la mentada visita a la Bahía de Halong.
Casi todas las empresas te ofrecen el tour de tres días, 2 noches a un precio con el que yo puedo ir y volver a París. La variante de dos días, una noche, tampoco me cerraba. Lo que te venden es el crucero con un camarote 5 estrellas, las comilonas incluídas, casino a bordo, karaoke y la “fiesta! de la puesta del sol.
Nada de eso me atrae, para mí, la vista de los montículos rocosos elevándose en el mar calmo, la serenidad, el silencio, son mis premisas.
Así que decidí ir hasta la isla de Catbá por las mías, en un micro local, nada de traslados en transfer puerta a puerta!, aún tengo mis propias patitas! Obvio a un décimo del precio de "agencia".
En la próxima entrada, les cuento...









No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Si querés, dejame aquí tu mensaje o compartime tu Milagro...