Hoy es mi último día de Bhutan, y ya sé que me voy a ir llorando…
Mi visa, y gracias que me la otorgaron, era para apenas 4 días. Aquí cuidan muchísimo el tema del turismo de masas, absolutamente inconcebible. Tampoco podés venir solo y ya!
Adonde sea que pretendas ir, desde que bajas del avión, hasta que te “suben” de vuelta, te estará acompañando un guía especializado que debe remitir tu conducta y recorridos al gobierno.
Lejos de sentirme controlada, vigilada o maniatada, me sentí una diosa con un paje a disposición full time. Tanto el guía como el chofer resultaron dos amorosos caballeros.
Aquí se respira una atmósfera “extraña”. Te diría casi desconocida, todos hablan bajito, se muestran dispuestos y disponibles, sonríen desde el alma, te miran con suavidad, te agradecen todo el tiempo, casi reverenciándote. Todo y solo porque quisiste venir a conocer su país.
Hoy me enteré que para la selección de los visitantes, hay un grupo de monjes que estudian tu karma. Y solo te otorgarán el permiso, si ellos te aprueban. No sos un algoritmo o quien paga, pasa. No, no, se lo toman muy en serio.
De hecho, este país no le otorga la ciudadanía a nadie no nacido aquí y de padres butaneses. A lo sumo, con un contrato de trabajo, te dejarán estar 6 meses máximos. Y luego, no hay renovación posible.
Otro dato impresionante es que, desde el jardín de infantes -así como es obligatorio el inglés- también tienen clases de mindfullness en todos los niveles hasta la universidad.
Y luego, en cualquier trabajo, cualquier ocupación, se requiere cumplir con quince minutos mínimos de meditación diaria.
Y no es que les laven el cerebro, el resultado está a la vista!
La calidad y calidez de estas personas es algo que se palpa en el aire.
Y ni hablemos de la bendición de sus paisajes. Mirá que he visto mucho mundo ya, sin embargo, al recorrer sus montañas, hay algo de encanto secreto que no puedo describir, solo sentir. He llorado solo de ver las cumbres envueltas de niebla, los arrozales inundados de mariposas azules, la lluvia salpimentando los campos y sus ríos bordados de rododendrus.
Hoy fue un día de oro!
Tenía pronosticado el trecking al Nido del Tigre. Yo a todo digo que sí, aunque inocentemente no tenía ni idea de qué se trataba.
Sí sabía que era un monasterio del siglo XII enclavado en la roca de una montaña altísima, había visto muchas fotos, pero nunca había pensado cómo se llegaba hasta allí.
Pues, escalando tres horas a bosque traviesa, meta barro (había llovido toda la noche anterior para variar), sudor y lágrimas, aquí el Cid no cabalga.
Realmente fue durísima la subida de más de 600 metros hasta llegar a los 3.100 de altitud. Otra vez las bocanadas de oxígeno y la lentitud aliándose para evitar el mal de altura.
Pero el camino era tan, TAN bello, tan calmo, lleno de pájaros, con banderas de oraciones atadas a las ramas, velas encendidas en grutas mínimas, cascadas bañando los valles, luces y sombras entre las hojas de mil plantas diferentes, que se me hacía un sufrimiento deleitoso, una especie de masoquismo de excelencia, un ser bosque, sentirse parte de algo muy Superior.
Tras tres horas de imperdonable subida pisando rocas resbaladizas, musgos blandos y colchones de hojas pardas, avistás finalmente la soberana construcción, al otro lado de la ladera enfrentada.
Un sencillo mirador te devuelve el aliento, tiempo de fotos, y pausa para la siguiente etapa: descender 240 escalones, cruzar un puente, y volver a subir 430 más antes de arribar al exquisito templo, donde otrora se reencarnó Rimponché con la esposa que se trajo del Tibet montada en un tigre, según la leyenda, perdón! Según la historia oficial budista.
Cuando digo escalones, debo aclarar que son más del doble de una escalera normal. Aquí parece que fueron pensados para elefantes, cada borde entre unos y otros, te llega a la rodilla.
Total 670 escalones! que volverás a bajar y subir para la vuelta por el mismísimo camino, más el descenso por el barro de la escalada de las tres primeras horas (bajé en gloriosa hora y media y no tuve ningún culo-patín).
¿Qué si lo justificaba? ¿Qué si me arrepentí?
No diría que fue el mejor día de mi Vida, pero que está entre los mejores, si! Ni una gota de arrepentimiento! Y eso que gotas tuvimos de a ratos un montón, nos llovía finito, o estabas dentro de las nubes. Claro que así fue más fácil que el de las tirolesas en Laos con 36°C de sol en la cabeza.
Al llegar finalmente al Monasterio, que tras un incendio devastador, fue reconstruído en 1959, te hacen dejar la cámara y el celular (no fotos, no drones!) y accedes a los distintos recintos, donde, como en casi todos los anteriores templos que visité, te encontrás con los mismos Budhas gigantes, los mounstros “protectores”, los gurués, las reencarnaciones de otros maestros cuyos nombres soy incapaz de memorizar, y figurillas de toda especie, mucho oro, mucho bronce, mucha tapicería de vivos colores, monjes de túnicas borravino haciendo sus oraciones, velas e inciensos prendidos por doquier, y por supuesto estatuas del “Tigre” en cuestión.
Hasta aquí la descripción de los altares. Me abstendré de comentarios con respecto a esta Fe tan particular. Cada cual siente, piensa y elige per sé. Así que con mis debidos respetos, no aportaré mi punto de vista.
Sólo lo uso para valorar la hazaña de dicha construcción “agarrada” vertiginosamente a la roca en un imposible desafío a la ley de gravedad.
¿Cómo habrán hecho para subir todos los materiales que se usaron? Las estatuas? Las alfombras? La comida para todos los trabajadores? Y para los que habitan allí. Un misterio!
Como arquitecta, me ha roto todo los razonamientos. Otra que las pirámides de Egipto o las líneas de Nazca…. Monjes marcianos tal vez…?
Otra cosa increíble!:
Allí arribísima, en un baranda mirando el infinito valle cubierto de llovizna, estaba Laura!
La argentina neuquina con quien viajé el tramo de la frontera de Tibet a Katmandú una semana atrás. Que las hay, las hay… Dios las cría, y ellas se encuentran, ja!
Fue una hermosa coincidencia! Sin planificar nada obviamente.
Mi guía ya me llamaba para el descenso y un prometido almuerzo a mitad del recorrido. Acordó con la guía de Laura para encontrarnos y compartir ese momento, además hoy era su cumpleaños. En el restaurant había otros tres chilenos! Los invité a compartir el festejo, y bien Latinoamericanos, felices de cantarle el cumpleaños, le hice soplar una velita en unas galletitas que conseguí, ja! Un salón de lujo para un día tan especial como inesperado.
Todos comentábamos la magia que sentíamos en este país, no soy la única.
De hecho Laura ya lo decidió, va a gestionar la visa de seis meses para un puesto laboral. Ayer anuló su pasaje aéreo de salida y mañana ya se queda. Ésa es una chica decidida, ja!
Nos despedimos con un abrazo emocionado, por una buena vida!
Para cuando llegué al hotel, sentí todo el cansancio del día. Me temblaban las piernas, pero no se me borraba la alegría.
Una excelente ducha, un té de Jasmine reconfortante, un sillón cual trono, musiquita new age, y mucha gratitud, para cerrar este periplo Tibet, Nepal y Bhután, habiendo tocado el cielo -literalmente!- con las manos.





















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