Dejar el Edén no fue fácil. Éste ejercía una especie de imán que me soplaba al oído: -”Quedate un día más…”.
Finalmente la curiosidad por nuevos territorios, ganó la partida.
A la hora del último bus vespertino, me despedí del camino del bosque con el traqueteo de la carreta, crucé el riacho en el bote, remonté la colina a pie, y esperé el bus 55 minutos! Otros tantos para llegar a León, donde me refugié en la piscina del mismo hostel que cuando había llegado una semana atrás. Pernocté allí y tempranísimo al día siguiente encaré para la terminal a buscar un bus a Managua.
Ni que me estuviera esperando, justo salía uno. Perfecto!
Muchos me habían recomendado pasarla de largo, ya que no es una ciudad atractiva, y es número uno en delincuencia.
Lo único que me atraía ahí, era conocer “los árboles de la Paz”. Leí un poco acerca de ellos y me decepcioné al saber que no eran nada naturales, sino unas piezas de hierro gigantes, alumbrados color fluor, que se encuentran en cada rotonda y rutas principales de acceso a Managua. Son el monumento al ego de la vicepresidenta, quiém decidió este derroche de dinero, en la cara de un pueblo más que sufriente, como símbolo político de poder. Algo así como los Eiffel del subdesarrollo, algo con que distinguirse, dejar un legado y dilapidar el heraldo público. Por supuesto siempre rodeados de las banderas rojinegras que flamean por doquier. El F.S.L.N. presente por todos lados, como así también las estatuas de Sandino, héroe de la Revolución.
Al llegar a la terminal de Managua, “justo” salía el bus para Granada. Evidentemente otro de mis días de suerte. Otro de esos buses escolares del siglo pasado. Otro envase para sardinas apretadas. En fin, eso o las shutles para turistas. Éstas últimas son un invento de los últimos tiempos para turistas que no se quieren molestar ni en tomar un taxi a la terminal. Son unas camionetas modernosas, que te retiran puerta a puerta de tu alojamiento y cuestan un dineral. Eso sí, no corres riesgos de conocer nada de la gente local. Allí solo se habla inglés, alemán, francés y viajan solo rubiecita/os. Patético! Yo creo que lo mejor para conocer una cultura nueva, es codearse y hablar con la gente. Enterarte de la política actual, palpar sus miedos y sus sueños, conocer sus modismos, sus industrias o emprendimientos. Ya queda tan poco por lo que diferenciarse, que el transporte público -o el dedo!- son una exelente forma de intercambio.
De hecho, en ese bus estuve hablando con un señor super interesado en el gobierno actual de Argentina, tanto como yo le preguntaba de los cultivos que corrían a lo largo de la ruta. En una parada donde subió una vendedora de choclos -entre tantas cosas que ofrecen- me compró uno para probar. Lo acepté gustosa y le comenté: -”Éstas son las cosas que adoro de viajar con los locales, en un avión, jamás nadie me hubiera regalado un choclo.” – y nos reimos juntos.
Para completar el milagro del viaje, el bus me dejó exactamente en la puerta del hostel contratado, ja! Como si hubiera contratado una shutle, increíble!
Dejé las cosas y salí a recorrer Granada, que no en vano tiene un nombre tan hispano.
Nada nuevo: plaza central, catedral al frente y edificios públicos a cada lado. Eso sí! Me sorprendió la limpieza, todos los cordones de vereda son amarillos, aunque ninguno tiene rampas, y los caballitos de los sulkys de paseo por el centro, tienen moños rosas.
El calor me obligó a retornar al hostal hasta que bajara un poco el sol. Para entonces, medio pueblo se hallaba en la misa de la Catedral, sorprendentemente llena. Al parecer, se iniciaba no sé qué de la Purisima, una especie de cuaresma paralela, previa a las Navidades. Unos altares móviles estaban siendo preparados a los costados del atrio, para luego ser transportados en andas en las peregrinaciones de los días sucesivos.
No dejo de sorprenderme de la vitalidad de las religiones en Centroamérica, ya sea en adherencia el catolicismo, como a las evangélicas, testigos de Jehová o vaya a saber cuales otras se amparan en tantas frases “espirituales” escritas en las marquesinas, toldos, vidrieras, puertas, paredes, espejos, buses, autos, camiones, etc.etc..etc.: “Dios es mi Luz y mi Consuelo” (¿?), “Benditos los que son llamados al encuentro del Señor”, salmo XX de no sé quién. Etc. etc. la Biblia presente en cada esquina. Y otro tanto, con las banderitas F.S.L.N., por no hablar de los vendedores ambulantes que surgen de abajo de los adoquines, los fuegos artificiales y petardos a toda hora que no se entienden, los perros flacuchos que te miran implorando una miga, y los altavoces con la música del corazón. Una melange un tanto corrosiva…
De uno de los laterales de la Catedral, se abre una avenida ancha que va hacia el malecón sobre el lago Cociboicala. Es un paseo peatonal lleno de mesitas bajo las farolas y las palmeras, de los cuantiosos barcitos y restaurantes para turistas. Pintoresco, aunque absolutamente artificial y globalizado, salvo las mesitas de llaveros, imanes, cartucheras y souveniers varios idem a idem hasta el hartazgo. En fin, el mundo actual…
Hastiada volví al hostel a terminar con la lectura de mi Siddartha, mucho más nutritivo que cualquier mojito, ja!
Al día siguiente intenté la ruta de los pueblos blancos, que había leído en unas recomendaciones. Super decepcionante: ni blancos ni dignos de perder tiempo. Al segundo que visité y no descubrí nada más que la misma mugre que en cualquier otro lugar, cambié el rumbo hacia la laguna “de Apoyo”, supuestamente un cráter inundado. Para llegar, dos buses y un taxi. Después de haber escalado el de Santa Ana en El Salvador, no creo que haya otro que lo supere, así que este pasó sin pena ni gloria, una laguna más.
Recién era mediodía y no me resignaba a perder otra tarde en la ciudad de Granada. No me apetecen ni los museos ni los cafés con torta. (De eso también hay en cualquier lado).
Así que pasé por el hostel, retiré la valija y me volví a la estación de buses donde “milagrosamente” salía el último para Rivas, donde combinaría con otro rumbo a San Juan del Sur, una playa surfera muy recomendada. Si todo andaba bien, llegaría con la última luz del día, a eso de las cinco de la tarde.
Dicho y hecho, llegué, me acomodé en otro hostel y salí en reconocimiento de la playa, donde el sol acuarelaba de dorados el cielo en penumbra. Maravilloso! Mientras la luna iluminaba la arena. La temperatura más que divina para una pausada caminata con el agua a los tobillos.
Tras un largo rato de horizonte rojo, una cervecita se hacía necesaria. Me senté a contemplar y Agradecer por el día más que cumplido, y por la acertada decisión de haber venido hasta aquí.
Mañana domingo, me llamaré un poco a la quietud, ja!
Será verdad?
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