Temprano abordamos la lancha de regreso al puerto de Belice capital, y de allí a la estación de buses.
Desde el puerto saldrían los micros para Guatemala en dos horas. Para mí gusto, demasiado tiempo de espera desaprovechada. Por otro lado, llegaríamos ya oscuro, y no era mi intención.
Pregunté aquí y allá, y me dijeron de otra terminal a diez cuadras donde salían micros locales cada veinte minutos. Claro! Esos con gallinas, cerdos, paquetes y bolsas al por mayor, que paran en todas. De todos modos, me gustaba más la idea de ir saliendo que quedarnos ahí sentadas.
Con nuestra suerte ya acostumbrada, conseguimos uno apenas llegamos a esa terminal y ya salimos. Creo que viajamos con Bob Marley a la cabeza, porque había un pasajero idéntico entre los primeros asientos. O sería su nieto? ja!
Cruzamos la frontera y cuando quise sacar plata de Guatemala, el cajero se negó a darme nada. Por suerte en Guatemala, como en todos los países centroamericanos, por lo que estoy viendo hasta ahora, el dólar tiene tanta circulación como la moneda local. Basta que tengas cambio en chico, para que te los acepten como si nada. Cosas del imperialismo…
Lo cierto es que debíamos bajarnos en un cruce de caminos para acceder a un pueblo llamado “El Remate”, donde, desde allí, al día siguiente, iríamos a las ruinas de Tikal, famosísima ciudadela maya que se desarrolló allí del siglo IV a.C. al 900 d.C.
Una hora antes de llegar se largó un aguacero de esos que prometen no parar. Le rogué a mis angelitos para que en el cruce no nos empapáramos y confié.
La lluvia no amainaba y nada se veía tras las ventanillas vaporosas de aliento. La luz ya se extinguía y nada sabíamos de esa ruta.
En un momento el chofer para en una banquina y nos dice que la camioneta estacionada contigua nos llevaría hasta “El Remate”. ¿Cómo no creerle tras el favor de haberla convocado por celular justo para nosotras en ese punto?
El trayecto duró menos de diez minutos, y nos dejó delante de un lujoso hotel por el que yo había preguntado. A esa altura, ya anochecido el día y bajo el diluvio, no se justificaba solo para pernoctar a precio de Sheraton de pueblo chico.
Busqué en Booking otro que tenía seleccionado y llamé a su propietario a ver si nos podían pasar a buscar. Estaba a solo un kilómetro de distancia, pero oscuro y con lluvia, mal plan.
El dueño amoroso -francés!, ja!- se presentó en cinco minutos con su gran camioneta y nos condujo a su hotelcito, una cabaña bien caribeña de techos de palmas secas y mucha onda. El franchute simpaticón pero no paraba de fumar. La cena exquisita y bien conversada como para aprender y entender un poco del nuevo país que visitaríamos.
Temprano se corta la luz del generador y todos a la cama, el gallo dirá cuando comienza el nuevo día.
Desayuno de frutas exquisitas y despedida. El francés nos deja en la ruta y enseguida enganchamos un vehículo hacia las ruinas de Tikal, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Pagamos la entrada y dejamos la valija y la mochila en la boletería de acceso, dispuestas a caminar por entre los antiguos edificios.
Obviamente por los más emblemáticos, porque hay más de 5000 restos prehispánicos en un área de 16 kilómetros cuadrados, imposible recorrerlos a todos, sobre todo cuando no sos arquéologa y hace 40 °C de calor!
Realmente conmovedor y precioso, ya que todo se encuentra rodeado de montes y naturaleza por doquier, con sus árboles tan añosos como las construcciones, muchísimas flores y los consiguientes aromas. Pájaros y turistas al por mayor.
Tras cuatro horas de caminatas por senderitos y rincones varios, volvimos a la Entrada a buscar nuestras pertenencias, y en menos de dos minutos, dedo mediante, conseguimos alguien que nos llevó directo al cruce de la noche anterior. Ahí un minibus de media hora a la ciudad de Flores, donde pensábamos pasar la noche.
Flores tiene una isla anexa a la ciudad, que concentra a todos los turistas curiosos de sus callecitas adoquinadas y casitas de colores, además del lago en la que se halla.
El hostel que había seleccionado quedaba en la otra orilla, nada cómodo para el madrugón que debíamos hacernos al día siguiente para ir a Semuc Champey, unas famosas cascadas en medio de la selva tropical, con piletones de agua turquesa onda spa.
Además llegar a ese sitio, por más recomendable y bonito que lucía en los afiches, era un incordio de combinación de buses que nos comería más de tres días para llegar y partir.
Ya teníamos los días contados porque Mariana tenía pasaje de regreso a Argentina para el sábado siguiente y aún faltaba todo por ver, así que con un pase de magia, cambiamos nuestros planes: tomaríamos un micro nocturno hacia la ciudad de Antigua y disfrutaríamos el ocaso vespertino en un lindo restaurant de Flores. Aguas calmadas…
El micro nocturno resultó bastante cómodo y como iba bastante vacío, cada una ocupó un asiento doble a modo de cama. Despertamos en Guatemala capital a eso de las cuatro de la mañana, donde nos cambiaron de bus hacia Antigua donde llegamos con las primeras luces.
Desayunamos en un barcito oscuro, pintado con todos los mascarones mexicanos del día de los muertos en colores fluor y parlantes con rock /roll como si fueran las diez de la noche. Debíamos esperar una hora a otra combi que nos llevaría al lago Atilán. Ni lentas ni perezosas, mate mediante, nos “cabalgamos” el centro cívico de la ciudad de Antigua, que por más fama que tiene, nos pareció, sí bonita, pero ni más ni menos que cualquier otra ciudad colonial. Podría estar en Córdoba, Gualeguaychú, o Colonia en Uruguay. En fin, había que verla… y cumplimos.
A la hora acordada partimos en la combi para turistas, que tras diez mil zigzagueos por la ruta de montaña en curvas perpetuas, y otros diez volcanes a la vista abarcándolo todo, nos dejó en el pequeñito puerto de Panajachal donde abordamos la lancha a San Pedro, una pequeña localidad al otro lado del lago.
Unos cuantos golpes en la popa y otras tantas salpicaduras, tras una hora, el torpedo nos dejó sanas y salvas en la tierra prometida. Sólo que nadie nos había avisado que debíamos subir la colina… hasta la calle con las casas y hotelcitos.
Tras el esfuerzo, dejamos los bártulos en un negocito y nos fuimos a recorrer un poco para elegir un “B.L.B” apropiado alojamiento (Bueno, Lindo y Barato).
Pero primero lo primero! Un buen y nutritivo almuerzo! Con una vista maravillosa… nada que envidiarle al Nahuel Huapi!
Lo vistoso de este pueblito es que lo habitan comunidades indígenas originales que aún mantienen algunas tradiciones, como la vestimenta de las mujeres -que aún las lavan a mano en el lago- , las comidas, la reunión en los mercados, y pare de contar.
Lamentablemente el mundo está tan globalizado, que ya poco o nada se puede distinguir entre los humanos todos uniformados con jeans, remeras, ojotas y celulares en mano, hamburguesa, pizza, pancho y listas de playlist de música envasada, de una punta a la otra del planeta. Doy Fe!
Otra cosa bonita de San Pedro son sus murales, realmente impresionantemente vívidos!
Y lo que también llamó poderosamente mi atención, fue la cantidad de estrellas israelitas dibujadas en muros, carteles de hoteles, botes y restaurants. A poco de prestar atención, no solo estaban las leyendas, también los israelitas en persona, un montón! Y no como simples turistas, sino como propietarios “inversores” de terrenos y obras en construcción.
Hablando con algunos locales, nos confesaron su dolor (y enojo contenido) por esta no tan nueva “invasión” que ya lleva años en Guatemala.
Al parecer tampoco cumplen los códigos ni pagan bien a la mano de obra local con el famoso latiguillo de “que al menos traen progreso y dan trabajo…”. Tremendo!
Finalmente nos quedamos en un hotelcito más que sencillo sobre el lago -de un originario- en el que disfrutamos de una terracita propia para unos cuantos mates relajantes con la luz del atardecer tras los volcanes circundantes.
¿Alguno sería el del Principito?
Al día siguiente, caminata por el mercado y las callecitas altas de la cima, hasta el siguiente poblado: San Juan. Más turístico aún, lo que significa más copy and paste con baratijas de artesanías made in China al estilo guatemalteco. Calles con paraguas como lo puedes ver en Camboya, en Oporto o en Kenia. Nada original… una lástima!
Al tercer día retornamos del lago en un bus local que nos dejaría próximos al aeropuerto de la capital, donde Mariana ya debía tomar su avión.
Lamentablemente tuvimos un mini susto en el trayecto porque “el boletero” nos quiso cobrar el doble del pasaje estipulado, ya que nos vió turistas y quiso aprovecharse so amenaza de bajarnos en mitad de la ruta y arrojar mi valija por la ventanilla.
Me negué a su abuso y le entregué el dinero que figuraba en la planilla pidiéndole el respectivo boleto comprobante.
Él quería devolverme el dinero y seguía amenazando con gestos, miradas rudas y comentándole el episodio al chofer en un idioma inentendible. Parecía que ambos acordaron en bajarnos de prepo en la siguiente localidad.
Ya era casi anochecido y llevábamos el tiempo justo. Además sabía que no pasaría otro bus atrás, ése era el último del día.
Me salió la madre gallina de adentro -Mariana observaba toda la discusión callada y con ojos asustados- y con todo mi amor, le gritonée más fuerte que él: -”¡Ni te atrevas a tocar mis cosas! Y si me bajás, voy directo a la policía! Y ya verás la que te espera!!!”
Santo remedio.
Se calmaron y no hicieron más comentarios hasta la parada del aeropuerto, dos horas más tarde.
O sea, llegamos! Pero con una tensión que no era lo deseado para un final de viaje y despedida.
Por mi parte, apenas Mariana atravesó la línea de Migraciones, me fui directo a tomarme otro bus para salir de Guatemala, directo a El Salvador, literalmente! Ja!
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