jueves, 20 de noviembre de 2025

Nicaragua, a ver de que se trata...

 Tras cuatro horas y tres colectivitos más viejos que yo, llegué a la otra salida de Honduras, o sea, la frontera con Nicaragua.

Pasé como habitualmente -a pie y con mi pasaporte portugués- pero lo extraño es que no quisieron sellar mi entrada. Dijeron que lo harían a la salida, cuando pase para Costa Rica. Escarmentada por la experiencia “Túnez- Argelia” (vease blog año 2012), insistí repetidas veces pero fue en vano. Allí sólo me cobraron un dineral a modo de “Visa” de la cual tampoco me dieron comprobante.

Me dieron una papeleta para completar para declarar si entrabas o no con alimentos de origen animal o vegetal, medicamentos, cámaras fotográficas, drones?, si provenías de países con fiebre amarilla, si era en plan de negocios o qué, si cuanto calzabas, etc. etc.. más larga que fideo tirabuzón. Se supone que debías firmarla y entregarla en la aduana al pasar, pero como era la hora de la siesta, nadie había para recibirla, así que seguí caminando con mi papelito en mano y lo guardo con amor, como único comprobante que he pasado por allí, no sea cosa que después me hagan un lío para salir de este país banana.


Volvamos a los micros, buses, o como quieras llamarlos. En todos los países que vengo recorriendo, todos son iguales. O más bien es un decir… Todos son del mismo modelo yankee, de esos largos amarillos que se usaban para el transporte escolar en los ´50 y ´60. Pues pareciera que cuando en el país del norte, los dan por descartados, deshauxiados, los envían a centroamérica para una gloriosa larga y eterna segunda vida. O sea, son cacharros que se desarman en cada bache y peses a todo, siguen haciendo rugir sus motores, aun en los faldeos más empinados de las montañas, donde faltaría que todo el pasaje se debiera bajar a empujarlos.

Lo otro pintoresco, y lo que los hace diferentes, son sus colores y adornitos. Cada uno es una fiesta de algarabía de chirimbolos colgados por todos sus lados, guardas desparejas, guirnaldas, y por supuesto, farolitos de colores al por mayor. De noche, parecen un tugurbio de dudosa reputación, ja! Aunque están todos filigranados con mensajes “cristianos” de Salvación Divina...

No voy a ahondar en la descripción de sus ex tapizados, ni en el estado de los asientos, la falta absoluta de pasamanos y manijas de sostén, las ventanillas con vidrios inexistentes (especial para los días de lluvia), la única puerta delantera abierta perpetua, donde el boletero va parado en el estribo gritando el destino de turno y empujando con un veloz -”Dale! Dale!”- a los que suben o bajan, pisándose unos a otros en el mismo hueco. En fin, todo un ejercicio de apreciación…



Volvamos a la frontera, o mejor dicho, la acabo de pasar, ya estoy adentro de Nicaragua.

Nada por aquí, nada por allá… nada de buses… claro! Super calor de las dos de la tarde, hasta las gallinas duermen…

El hostal que había seleccionado quedaba a solo quince minutos, pero andando serían casi dos horas, y a pleno rayo de sol, por lo que decidí aceptar -contrario a mi religión!- “los favores” del único taxista recién despertado para el evento.

Dijo conocer el lugar y allá fuimos.

Enseguida me dí cuenta que se había pasado, porque yo había visto bien el mapa y mi GPS personal nunca me falla. Le doy la voz de alerta y no me hace caso.

Al ratito, ya le doy el “ALTO!” y lo obligo a regresar sobre sus ruedas. De mal humor, pregunta a unos baqueanos al costado de la ruta y lo mandan para atrás.

En una casucha semiprehistórica se detiene y me baja la valija diciendo que era alli.

Obvio que no, pero el propietario que salió curioso, nos dice que el hostal es de su hermano, que lo llamará por teléfono y ya vendrá a buscarme. Le creí, tenía pinta de bonachón.

Por su parte el taxista pretendió cobrarme doble porque según él había ido y vuelto (total 10 minutos). Lo saqué carpiendo, gracias que le pagué un tramo, y a disgusto.

Enseguida apareció el tal Don Juan, otro bonachón que alzó mi valija y me pidió que lo siga monte arriba, por un sendero pedrego, con vacas y caballos a elección.

Pensé que me buscaría en una camioneta, pero no! Era tracción a sangre, la mía!

En algunos minutos, cuesta para arriba, que cuesta! Divisé una casita roja primorosa, llena de flores, y por lo tanto mariposas y ruiseñores revolotéandolas.

Supe que había llegado!

No al hostal previsto, sino al paraíso de Don Juan, quien se confesó guía del paseo al Valle del Somoto (¿?) (Primera vez que escuchaba eso) y que a veces alojaba en su casa a “las visitas”. Enseguida me presentó a su mujer y a sus hijos.

El cuarto que me ofreció no era ningún lujo pero era solo para mí y con un baño bien prolijito. Suficiente.

Como no había nada para comprar y mi hambre ya andaba pidiendo pista (ahora cuido bien de mi alimentación, ja) le pregunté si había algo para servirme. Dio por descontado que comería con ellos desayuno, almuerzo y cena. Pactamos un precio para tres días con el tour incluído.

Lo que no me dijo es que el desayuno, almuerzo y cena, x tres días, siempre, “SIEMPRE” sería un abundante plato único de “gallo pinto” (arroz con frijoles), banana frita, queso roquetón y dos “tortillas” (panqueques secos de maíz) con agua fresca. -“Cerveza no porque somos cristianos” -me explicó….


Ahh! Otra cosa que veo muchísimo por centroamérica, es la cantidad de iglesias evangélicas, pentecostales, o como se llamen. En cualquier casucha o rancho, lucen paupérrimos carteles anunciando el horario de los ritos o los rezos. Parecieran hacerle competencia a todas las capillas e iglesias con nombres tan católicos como Sta. Elena, La Purísima, La Concepción, el San Juan, el San Mateo, Nuestra Señora del Santo Refugio del Rosario de no sé que llagas de Cristo. Amén! Un delirio de santidades vs. “música romántica” de este siglo! Ja!


Volvamos a lo de Juan: otra maravilla además del bosquecillo circundante, donde él mismo junto a vecinos y amigos, han plantado más de 12.000 árboles por cuenta propia, ya que antes era un campo de ganadería de su padre -según me relató- eran las hamacas paraguayas bajo el alero de la galería.

Ergo, me relajé en la amarilla, con la lectura de un libro recién adquirido en Madrid, que me deleitó el resto de la tarde, hasta que el sol tiñó de dorado cada una de las hojas de las variadas plantas que rodeaban la casa.

Los pájaros alzaban vuelos salpicados de rama en rama, y las gallinas picoteaban la grana.

Dos perros y un gato mimoso siesteaban como si el mundo aún no se hubiera revelado.

Norma, la esposa, cocinaba mientras trenzaba el cabello de la niña.

El varoncito ensayaba unos pases con la pelota, celular en mano, como si el Tik Tok le enseñara a ser Maradona.

Juan preparaba leña y me nombraba alguno de los árboles más característicos de la región: pochote, cedro, caoba, sanca, guachipinil, ceiba, que nada tiene que ver con nuestro ceibo nacional argentino, sino más bien es semipariente del palo borracho. Seguimos: guanacaste, chilca, carao, acacia -aunque sin espinas- machinche, quebracho,chaperno, mora, marquelio, indio desnudo -ya que no tiene casi hojas en ninguna estación, aunque su tronco tiene una altura monumental con apenas un penachito arriba como pluma. Y más: Granadillo, carboncillo, macho negro, espinillo, comayagna, carbón, mandagual, cortéz, laurel y el salamo, árbol nacional nicaraguense.

Esto sí que es diversidad! Por no hablar de las miles de flores, entre ellas, las cientos de orquídeas. Aprendí un montón!

Al final debí agradecerle mentalmente al taxista su error. De otro modo, jamás hubiera llegado hasta aquí, una muestra del Edén en la Tierra.





Después de llevar los chicos a la escuela, prepararon el burrito y el chaleco salvavidas. El uno para cruzar un río y el segundo para transitarlo en un bote.

El cañón del Somoto es una fractura entre dos montañas por donde corre un río, a veces más ancho, a veces más estrecho. A veces praderas a su alrededor, a veces murallones altísimos de donde penden centenares de orquídeas y otras plantas. Por sobre nuestras cabezas, cóndores y aguiluchos; en las aguas, garzas, martín pescador y pececitos de colores.

Toda una delicia para los sentidos!

Llegar hasta allí, nos llevó una hora a pie desde su casa. Aunque, con vergüenza, debo admitir que “a pie” de burrito, no los míos. Don Juan insistía en que podía rodar con las piedras, que era más seguro así, aunque ni yo ni el burro estuviéramos de acuerdo.

Lo cierto es que lo disfruté plenamente, con el perro dentro del bote, que admiraba todo como si fuera su primera vez.


Volví rendida, dispuesta para el “gallo pinto” en cuestión, cual manjar de dioses, a sabiendas de mi siesta en la hamaca paraguaya con el libro. ¡Qué éxtasis! Qué más se le puede pedir a la Vida?



Al anochecer llegaron -con aviso previo- otra pareja. Ella de Nicaragua y su novio americano, cenamos juntos en una amistosa convivencia.

Al día siguiente ellos harían el tour, y yo tendría todo el día libre para escribir!… iupiii!!!

Pero yo propongo y Dios dispone. En este caso, no pudo ser ya que mi compu ya no tenía carga de batería y los enchufes en Nicaragua son bien distintos a mi adaptador. BUAHHHH!!!!

Otra vez será…

Menos mal que tenía mi libro, me lo devoré.

Además de unas horas de silenciosa meditación sentada en la tierra, bajo un árbol mágico…

Todo por AGRADECER…


Antes que oscureciera demasiado, Tamara y Max, que contaban con auto propio, me invitaron a conocer una aldea cercana donde unas hermanas muy viejitas hacían cerámica. Viven absolutamente aisladas, y sus piezas son muy reconocidas en las ferias y mercados de Nicaragua. ¿Cómo rechazar la propuesta? La verdad es que conocí otro lugar encantado y a unos seres cuasi celestiales. Lástima no poder comprarles algo más grande que una mariposa, ya que con el peso y la fragilidad se estropearían en la valija, cor muchos más días por andar...


Más gallo pinto y a dormir temprano… mañana a seguir ruta, rumbo León.



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