Dejar el Edén no fue fácil. Éste ejercía una especie de imán que me soplaba al oído: -”Quedate un día más…”.
Finalmente la curiosidad por nuevos territorios, ganó la partida.
Dejar el Edén no fue fácil. Éste ejercía una especie de imán que me soplaba al oído: -”Quedate un día más…”.
Finalmente la curiosidad por nuevos territorios, ganó la partida.
No sé que mágica mano me trajo hasta este Paraíso, pero indudablemente que ha acertado en mis gustos hermitaños.
Estando en la asfixiante ciudad de León, una vez recorrido el centro, el mercado, las tiendas de chinos al por mayor invadiendo a los negocitos locales, la casa museo de Rubén Darío, algunas iglesias tan antiguas como barrocas, la Catedral (tapado su fastuoso frente por una carpa de lona plastificada para albergar la feria artesanal navideña, puaj!) y las adoquinadas callecitas con casas de colores, preguntádome una y mil veces: “¿para dónde sigo?”, ubiqué este hostal en un punto del Google map.
Tras cuatro horas y tres colectivitos más viejos que yo, llegué a la otra salida de Honduras, o sea, la frontera con Nicaragua.
Pasé como habitualmente -a pie y con mi pasaporte portugués- pero lo extraño es que no quisieron sellar mi entrada. Dijeron que lo harían a la salida, cuando pase para Costa Rica. Escarmentada por la experiencia “Túnez- Argelia” (vease blog año 2012), insistí repetidas veces pero fue en vano. Allí sólo me cobraron un dineral a modo de “Visa” de la cual tampoco me dieron comprobante.
Día siguiente, casi amaneciendo, gallo mediante, fui directo a hacer el trámite de migraciones y en santiamén ya estaba en Honduras, camino a Tegucigalpa, su capital.
Tanto había leído en internet la noche anterior, sobre los peligros de esta ciudad y lo poco atractiva que era para los turistas, que mi dedo mágico marcó una línea recta horizontal directo hacia la siguiente frontera con Nicaragua.