Hoy es mi último día de Bhutan, y ya sé que me voy a ir llorando…
Hoy es mi último día de Bhutan, y ya sé que me voy a ir llorando…
Otro día Buthaniense! O sea, pleno de Felicidad!
Arranqué con otro desayuno perfecto, con el sol en los cristales tras la copiosa lluvia nocturna, y mis dos ángeles custodios: Shinring y Tanacam (o algo así) esperándome para conducirme a las visitas programadas para hoy.
Hoy tempranito, moto taxi mediante, me despedi de Katmandú.
El aeropuerto es tan pequeño que está en medio de la ciudad, como si fuera una playa larga, no más que eso.
¡Qué falta me hacía quedarme 2 o 3 días quieta en una misma ciudad!
Ésta es otra de esas ciudades donde las motos son más numerosas que las personas, donde los semáforos hace años dejaron de funcionar, y donde las reglas de tránsito aún no fueron escritas. Ergo, CAOS total!
Esto de alojarse en 4 estrellas comienza a ser un vicio! No sè còmo será volver a mis humildes hostels, ja!
Me gusta llamarlo por su verdadero nombre tibetano. El otro, más famoso por cierto, para variar, es el de un topógrafo inglés, Sir George Everest, que anduvo haciendo relevamientos en la zona allá por 1856.
Tras otro riquísimo y abundante desayuno (más el extra aprovisionamiento en la bolsita para el resto del día) partimos rumbo a los Himalayas.
Hoy comencé el día con un Milagro inesperado.
Estaba plácidamente desayunando en el hotel de Lhasa antes del cheq-out, cuando oigo tibiamente mi nombre. Me doy vuelta intrigada, creyendo que estarían llamando a otra “María” y a sabiendas que nadie conocido sabe que estoy ahí.
Esto de saber que estás en un hotel de lujo y tenés el mega desayuno asegurado, puede ser un peligro de mal acostumbrarte.
Pero siguiendo mi ley de “Aquí y Ahora” me lo super disfruté. Y por supuesto me cargué una bolsita en la mochila para “picotear” durante el día. Ja!
Tras el día 1 de ambientación y puro relax, me dormí con la esperanza del desayuno intercontinental para la mañana siguiente.
Ya saben que soy fanática de los desayunos, que sin ellos no funciono, que soy una maga consiguiendo armarme “algo” cada día. Pero hoy soñaba con tostadas con manteca, cuanto menos! Y no me defraudaron! Scones, tortitas, croissants, palitos fritos, huevos saltados, y otras “normalidades” en la gran mesa con decenas de fuentes, donde a pesar de la hora temprana, podías elegir además, guisos de carnes raras, mondongos, pescados, lentejas, arroz y otras “locuras” para el amanecer.
Con la puntualidad japonesa, después de 42 horas de marcha, el tren llegó en el minuto indicado: 7,37 am.
¡Aquí estoy! Llegó el tan preciado-dudoso momento!
Desde que estaba en Vietnam que venía averiguando la posibilidad de llegar al Tibet en tren atravesando China (no quería ni pisarla, ja!)
Debo confesar que solo pronunciar su nombre, me produce pavura.
Me cuestioné un montón si vendría por estos lares, o cómo continuaría mi viaje.
Que no es lo mismo que la esposa del sapo, ni una sopa femenina, sino la región más al norte de Vietnam, lindando con la frontera china.
No tuve más remedio que volver a pasar por Hanoi para tomar el micro con destino a Ha Giang, otro de las afamadas mecas de los viajeros. Es al norte, entre las altas montañas.
Altísimas! -diría yo. Y bellísimas!!!, ya que están absolutamente cubiertas de verdes maravillosos, surcadas por una infinitud de caminitos laberínticos que unen pueblecitos diseminados como semillas al viento por las laderas.