Elegí cerrar mi último viaje con un viaje interior….
Por más peripecias que uno haga en la vida, el reloj no se detiene…
Por suerte! Porque eso significaría el fin.
Llegué con la puntualidad más que atrasada de los transportes panameños. Monique me identificó entre la gente que descendía del bus con sus bultos y pertrechos varios.
La estación era tanto más decadente cuanto mugrienta, y con rostros nada amigables.
Tras la cena de Navidad con la familia de Goyo, nuevos pasos comienzo a gestar. Algo así como la cuenta regresiva hacia el fin de la vida nómade, aunque aún me quede cierto rato para detenerme...
Dónde?
Con el sol en el levante, desanduve la estela de la lancha que me devolvió a Almirante, la ciudad continental desde donde salía el bus para David.
Algunas de las ventajas de llegar a ser “mayorcita”, es que en el bus te ceden el asiento. Aunque cada vez que lo hacen, yo me pregunto: ¿en qué se me nota? Eso porque yo no me veo el mechón blanco modelo zorrino Pepé Le Pew (el francesito que persigue a una gata, se acuerdan de ese dibujito?) (O sea que vos sos mayorcita/o también! Ja!)
Un pueblito costero tan pequeño como su nombre. No más de 8 o 10 manzanas con la selva por perímetro y el mar Atlántico en su borde oriental.
La Capital de Costa Rica no goza de buena fama. De hecho, te recomiendan esquivarla, pero como yo allí tenía un lindo contacto: una mujer de mi edad del grupo de Whatapp de “Amigas Viajeras” que creó otra amiga de Baires hace varios años – le escribí y quedamos en conocernos personalmente.
El pueblito de La Fortuna resultó un hallazgo! Super tranqui, super bonito, con lo necesario, no tantos turistas y unas vistas preciosas a los volcanes, desde cualquier punto: desde la plaza principal, asomándote en cualquier bocacalle, desde la ventana de mi habitación, o yendo a verlos directamente a los miradores.
Para no perder el ritmo, ni más contribuir al consumismo “copy-paste” de las playas chetas del Pacífico, por màs idílicas que sean en las fotos de revistas, esta hormiga decidió seguir viaje hacia el centro del país, en búsqueda de la Casacada del Río Celeste.
Al final me cambié de hostel a otro sobre la playa, relindo y lleno de argentos! Casi una sucursal de la patria, ja! Ergo, lleno de mates! Ja! Como para no querer irse…
San Juan del Sur resultó un pueblito básico de 10 manzanas sobre la costa del Pacífico, bien bananero. De construcciones bajas, semiberretas aunque pintoresco, con algunas cafeterías de onda y varias academias para aprender a surfear.
En cualquier momento me sumo! Ja! Tengo que buscar nuevas experiencias porque esto se está volviendo un tanto monótono y repetitivo: Plaza central cuadrada, Iglesia Catedral a un lado, policía, banco, bla bla...lo de siempre. Además de supermercados chinos, para variar.
Dejar el Edén no fue fácil. Éste ejercía una especie de imán que me soplaba al oído: -”Quedate un día más…”.
Finalmente la curiosidad por nuevos territorios, ganó la partida.
No sé que mágica mano me trajo hasta este Paraíso, pero indudablemente que ha acertado en mis gustos hermitaños.
Tras cuatro horas y tres colectivitos más viejos que yo, llegué a la otra salida de Honduras, o sea, a la frontera con Nicaragua.
Día siguiente, casi amaneciendo, gallo mediante, fui directo a hacer el trámite de migraciones y en santiamén ya estaba en Honduras, camino a Tegucigalpa, su capital.
Tanto había leído en internet la noche anterior, sobre los peligros de esta ciudad y lo poco atractiva que era para los turistas, que mi dedo mágico marcó una línea recta horizontal directo hacia la siguiente frontera con Nicaragua.
El país más pequeñito de Centroamérica y con una bandera bastante parecida a la nuestra, solo que en vez del sol central, tiene volcanes.
Temprano
abordamos la lancha de regreso al puerto de Belice capital, y de allí
a la estación de buses.
Desde el puerto saldrían los micros para Guatemala en dos horas. Para mí gusto, demasiado tiempo de espera desaprovechada. Por otro lado, llegaríamos ya oscuro, y no era mi intención.
Encontrarte con una de tus hijas en el aeropuerto de Bogotá la madrugada de tu 69° cumpleaños, y no habiéndola visto por casi dos años, es cuasi un Milagro!
Llegar al aeropuerto de Heathrow en Londres tras tantos meses “al otro lado del Otro mundo”, me partió la cabeza!
Volver a ver “blancos”, altos, rubios, fornidos, bien alimentados, vestidos elegantes, con ropas, zapatillas y valijas o mochilas de afamadas marcas…